Era 1978 y yo estaba interpretando una obra en Broadway, The Crucifer of Blood (traducible por El sangriento portador de la cruz). Me encontraba al principio de mi carrera, la obra estaba teniendo éxito, pero a mí apenas me conocía nadie. Por eso a la encargada de prensa se le ocurrió una brillante idea: yo sería la reina del Salón del Automóvil de Nueva York de aquel año.
La noticia no me entusiasmó, porque a pesar de todo soy una persona tímida, pero habría hecho cualquier cosa por la obra. "¿Cómo debe vestir la reina de un salón del automóvil?", le pregunté. Ella me dijo que bastaba con que vistiera de calle (como si yo tuviera en mi armario algo adecuado para la ocasión). Recuerdo exactamente lo que me puse, porque aún lo tengo grabado a fuego en la memoria: una falda de punto color óxido y una blusa de gasa con estampados florales. Creo que ni siquiera me había peinado o maquillado.
Me reuní con la encargada de prensa en la puerta, y me dio una tiara que parecía saca de una tienda de artículos de fiesta. Era de metal, pero podría haber venido de regalo de la caja de los cereales. No sé si recuerdan el Coliseum de Nueva York. Era como caminar por un gran palacio. Pero cuando llegué a lo alto de las escaleras mecánicas me encontré con la siguiente escena: una sala resplandeciente que estaba llena de coches y chicas en biquini que daban vueltas sobre plataformas giratorias. Era la jornada inaugural, y los periodistas poco a poco se iban arremolinando en torno a los modelos. Tragué saliva para contener la sensación de pánico, ya que en ese momento me di cuenta de hasta qué punto mi ropa era inapropiada para la ocasión.
Ahí estaba yo, vestida de calle y con mi patética tiara, mientras la encargada de prensa trataba de convencer a todo el mundo de que yo era la reina del evento. No me sacaron una sola foto. ¿Cómo iba a competir con esos biquinis y esos enormes pechos?Fue un momento realmente devastador. Creo que estaba paralizada, tan avergonzada que ni siquiera podía echarme a llorar. En la guardería era una niña demasiado tímida para tocar el tambor. Tenía que tocar el triángulo, con su pequeño "¡ting!".
Este error me afectó mucho. Me sentí tonta, absolutamente negada: había asumido un compromiso y había hecho el ridículo. Una persona ha de tener confianza en sí misma, cierto, pero solo hasta cierto punto. Como dice mi marido, "hay que hacer un esfuerzo mental para ponerse en situación, para tratar de adelantarse a todo lo que pueda suceder".
Esta experiencia me hizo mucho más prudente y me enseñó a valorarme más. ¿Qué cual es la lección? No vistas de calle cuando se supone que tienes que ser la reina.










