domingo, 27 de marzo de 2011

La Reina de Hollywood


El año 1939 fue para Bette Davis el año de oro con el que sueñan las actrices: un Oscar, cuatro papeles protagonistas diversos y sustanciales, cuatro films que acapararon entre todos nueve nominaciones al Oscar y devengaron a los estudios unos beneficios de tres millones de dólares. No cabía ya ninguna duda de que Bette era una verdadera superstar, y los resultados de una encuesta a escala nacional la habían proclamado, a los treinta y un años, "Reina de Hollywood". Y lo mejor fue la unanimidad casi absoluta de la crítica en presentarla como la mejor actriz de Norteamérica. De alguna forma, aquellos esplendorosos doce meses habían anulado todas las luchas y vejaciones que Bette sufriera en Hollywood en los nueve años precedentes. Tal era su hegemonía que algunos la apodaban "la cuarta hermana Warner", para su placer y deleite.

domingo, 20 de marzo de 2011

Pesadilla diabólica (Burnt Offerings, 1976)



La película cuenta la historia de un matrimonio que se instala en una tenebrosa casa que consume energía de sus habitantes. Pronto, los fenómenos extraños dentro de ella se suceden, y descubren que la casa está encantada y que sus vidas corren peligro...

Pesadilla diabólica proporcionó a Bette el primer puesto en los créditos y un papel sustancioso, pero poco más. La historia de una casa encantada que aniquila a sus ocupantes rebosaba lobreguez y los clichés más manidos del género, si bien Bette recrea un fascinante microcosmos del talento y la idiosincrasia Davis. Al empezar la cinta, donde encarna a la tía de Oliver Reed, es la Bette Davis popular que escupe sentencias en su lenguaje cortante como si quisiera imitarse a si misma. Más tarde, no obstante, cuando la casa la ha derrotado y la muerte se cierne sobre ella, está asombradamente conmovedora y auténtica en su vulnerabilidad, ofreciéndonos un recordatorio de las ingentes reservas de calidad interpretativa que aún podía invocar cuando decidía dejar a un lado los perifollos patentados de la marca Bette Davis.


Bette proclamaba que el rodaje de Pesadilla diabólica casi acabó con ella. "Aquel film fue una noche amateur en Dixie -despotrica-. Dije que no haría nunca más una película de terror después de Baby Jane, y fui a meterme en la más terrorífica de todas. La hija del director se suicidó y tuvimos que cerrar una semana. Más tarde despidieron al cámara, porque las copias salían tan oscuras que no podíamos distinguir los visionados. Nos costó dos semanas de repeticiones. Karen Black apareció embarazada de seis meses, así que hubo que ensancharle los vestidos porque no le cabían. Cambiaba de estilo en medio de una escena, de tal suerte que en la pantalla no encaja nada, dormía el día entero, nunca iba a las proyecciones nocturnas para ver cómo había quedado, y no se oía una maldita palabra de lo que decía en el plató. Oliver Reed entraba alborotando en el hotel a las cinco de la mañana, y a las seis se presentaba en el rodaje con la resaca del siglo. Una noche se cayó por una pendiente ¡tocando una gaita!".


Años más tarde, Bette se refería a Pesadilla diabólica de la siguiente manera: "Hice una película de lo más sanguinaria, que resultó mucho más sanguinaria de lo que ponía en el guión. Fue Pesadilla diabólica, y si no la han visto, enhorabuena".

domingo, 13 de marzo de 2011

Bette dixit (IX)


En una entrevista del año 1981, David Hartman le preguntó a Bette: "¿Cómo desearía ser recordada?". Ella respondió: "Me gustaría que mis hijos me echen de menos y me respeten siempre. Es primordial para mí, aunque nunca sabré si se cumple. Probablemente dirán: ¡Gracias a Dios que nos hemos librado de ella!".

domingo, 6 de marzo de 2011

Últimos días en San Sebastián


Bette tenía unos dolores perennes, frecuentes naúseas por la quimioterapia, y perdía a puñados el ya ralo cabello. A pesar de todo, cuando recibió una invitación para ser laureada en el Festival de Cine de San Sebastián, no dudó en aceptarla. Los médicos manifestaron intensas reservas sobre su capacidad de resistir un viaje de casi trece mil kilómetros, pero no le prohibieron hacerlo.

Para que el traslado fuese lo más liviano posible, viajó primero a Nueva York, donde pernoctó una noche, y luego enlazó con el avión de París del 14 de septiembre. Bette, tranquilizada por los analgésicos, durmió casi las ocho horas de vuelo. Cuando llegó a España, la actriz se tomó tres días de reposo antes de exponerse a la luz pública.

La lluvia cayó torrencialmente todo el día 22 de septiembre, y Bette temía que el tiempo diezmase la afluencia de fans al teatro Victoria Eugenia, donde aquella noche debían ofrecerle el premio Donostia. Mientras el coche circulaba por las calles de San Sebastián, Davis miró laxativamente por la ventanilla. Vio gente agrupada en las aceras, espiándola a través del cristal y agitando la mano. A medida que se aproximaban al teatro, la muchedumbre se intensificó. "No podía dar crédito -declara ella misma-. Había cientos de personas esperando para verme bajo aquel chaparrón. El gentío ocupaba manzanas enteras en ambos lados de la calle. Incluso la plaza estaba abarrotada. Me sentí sobrecogida".

Inyectada con una descarga de adrenalina que la llenó de energía, Bette pidió al chófer que detuviera el automóvil antes de llegar al teatro. Se apeó como buenamente pudo y dio la mano a la multitud que se había arremolinado en torno al coche, avanzando cual político en campaña. "¡A la porra las tormentas! -se dijo-. Si ellos pueden mojarse, yo también".