martes, 12 de mayo de 2009

Los últimos años de una gran estrella

Tras Canción de cuna para un cadáver Bette recibió una oferta de una productora inglesa para rodar A merced del odio, la historia de una niñera trastocada emocionalmente por la muerte accidental de una de sus pupilas y ahora muy peligrosa también para su hermano. Esta película tuvo un éxito moderado, pero Bette no recibió ninguna oferta cinematográfica en dos años y medio. Durante este mortal paréntesis en su carrera, decidió trasladarse a Wetport, Connecticut, cerca de donde B.D. y su marido Jeremy se habían comprado una casa. Estaba muy excitada con el proyecto de vivir cerca de su querida hija. No obstante, la actitud de ésta y de su yerno fue siempre muy distante y las visitas fueron escasas y llenas de discusiones. B.D. se distanció deliberadamente de su madre y se dedicó a su vida familiar.

Su hijo Michael, sin embargo, era un muchacho cálido y muy educado. A los 21 años se casó con Chou Chou Raum, una muchacha que encantó a Bette. La boda fue una ceremonia feliz para Bette. No obstante, B.D. no acudió al enlace ni a las celebraciones a pesar de ser invitada.

La relación con su hija Margot fue difícil para Bette pues ella no entendía el retraso de la muchacha y eso a Bette podía llegar a exasperarla.

En 1968 contrató a Vik Greenfield como asistente interno, el cual trabajó con ella durante 6 años. A finales de ese mismo año su hermana Bobby decidió alejarse de Bette y se trasladó a Phoenix para vivir con su hija Ruth y su familia.

En aquellos momentos Bette se sentía sola y solo encontraba consuelo en su cada vez más escaso trabajo. Entre 1972 y 1974 protagonizó varios pilotos para televisión que no llegaron a convertirse en serie. También realizó algunas giras con apariciones personales para proyectar imágenes de sus películas y comentarlas con el público.

A finales de 1973 los problemas económicos la llevaron a vender su casa de Twin Bridges y comprar otra más pequeña que llamó My Bailiwick, y que estaba más cerca de la de B.D.

No le llegaba ninguna oferta y aceptó la primera que estuvo en sus manos, un papel protagonista en un musical de Broadway. Se trataba de “Miss Moffat”, la versión teatral de su película de 1945 “El trigo está verde”. Al principio Bette aceptó el reto con ilusión y se integró con ganas entre los jóvenes miembros del reparto. Sin embargo, a medida que se acercaba la fecha del estreno en provincias, comenzó a sufrir repentinos problemas de salud que provocaron diversos retrasos. Finalmente la obra fue estrenada con éxito, pero tan sólo después de unas pocas representaciones Bette volvió de nuevo a excusarse sus habituales problemas de salud. Sabía que lo suyo no era el teatro y finalmente dejó colgada a toda la compañía.

Permaneció un tiempo alejada de la vida pública hasta marzo de 1975, cuando decidió retomar su espectácula evocativo “Una noche informal con Bette Davis”, que paseó por Australia y el Reino Unido. Allí Bette se sentía feliz pues recibía el calor y la admiración de sus fans.

Su siguiente papel para el cine sería de nuevo una película de terror, Pesadilla diabólica, en la que de nuevo, Bette se enfrentó con todo el equipo. La crítica fue adversa a Bette y al film en 1976.

Su siguiente film, “La desaparición de Aimee”, fue más satisfactorio. Se trataba de una película para televisión en la que compartía protagonismo con Faye Dunaway, actriz que no gustó nada a Bette.

En 1976 B.D. y su marido se habían trasladado a una finca en Stevens Township, Pennsylvania. Bette procuraba visitarles con frecuencia, aunque nunca se alojaba en su casa, si no en un motel. Las visitas seguían siendo tensas, pues Bette no era bien recibida ni por su hija ni por su yerno. A pesar de ello, seguía ayudándoles económicamente. Las relaciones entre madre e hija iban de mal en peor y B.D. nunca se mostró agradecida.

En 1977 Bette tuvo varias ofertas. Primero protagonizó “The dark secret of harvest home” y posteriormente participó en la adaptación cinematográfica de la novela de Ágata Christie Muerte en el Nilo, donde realizó una colaboración especial.

En agosto de 1977 B.D. dio a luz a un nuevo hijo barón y Bette fue excluida de este momento. Bette asumió finalmente que no era querida en la vida de su hija y decidió alejarse. Dejó Connecticut y se trasladó a West Hollywood, donde compró un apartamento. Bette se sentía inmensamente sola, pues su madre Ruthie había muerto, su hermana Bobby estaba enferma de cáncer y su hija la había repudiado. Bette se entregó al alcohol más que nunca. Pero por suerte entró en su vida una joven universitaria en 1979, Kathryn Sermak, que se convertiría en su secretaria personal y principal compañía durante los últimos años de su vida. A Kathryn la conoció cuando la contrató para que la acompañase a Inglaterra a rodar el film “Watcher in the woods”, y a su regreso, le pidió que se quedara con ella como asistente personal.

En julio de 1979 Bobby falleció, lo cual supuso un nuevo golpe para Bette. Una vez más el trabajo palió sus penas. Entre 1978 y 1980 participó en varios proyectos: dos para la gran pantalla, el mencionado “Watcher in the woods” y “Return from Witch Mountain” para Disney, y tres telefilms para televisión, “Strangers”, “White Mama” y “Skyward”. Su interpretación en “Strangers” le valió un Emy como mejor actriz secundaria.

En 1981 le ofrecieron el papel principal de una miniserie para televisión, “Family reunion”. Bette propuso para uno de los papeles a su nieto Ashley, hijo de B.D.

De nuevo Bette se encontró con varias ofertas sobre la mesa para elegir. En 1982 interpretó para televisión “Little Gloria.. happy at last” y “A piano for Mrs Ciminino”.

En 1983 B.D. y Jeremy pidieron ayuda económica a Bette porque estaban a punto de perder su negocio y su granja. Bette hizo frente a todas sus deudas, por lo que ambos manifestaron verbalmente su agradecimiento hacia ella, aunque no lo manifestaron en modo alguno con hechos.

En 1983 Bette recibió una interesante oferta del conocido productor Aarón Spelling para que realizara una colaboración especial en una nueva serie de televisión, “Hotel”. Bette participaría tan solo en siete capítulos por temporada por los que recibiría una importantísima suma de dinero. Era una oportunidad para mantenerse activa con un pequeño trabajo que le proporcionaría estabilidad económica. Participó en el piloto y en el primer episodio a pesar de no agradarle demasiado la oferta, pero el destino se mostró tremendamente adverso en forma de graves problemas de salud. A Bette le detectaron un cáncer de mama y posteriormente sufrió varias ataques de apoplejía que mermaron su aspecto físico y su fuerza. Precisó de varios meses de rehabilitación. A su lado siempre estuvo Kath. Sin embargo, las visitas y el interés de su hija B.D. fue siempre escaso.

Poco tiempo después B.D. y su marido tuvieron nuevos y graves problemas económicos y se vieron obligados a abandonar su casa y su negocio.

Entre tanto, Bette se sentía muy débil y desmejorada y temía ser vista en público. En 1984 aceptó participar en Inglaterra en la versión televisiva de la novela de Ágata Christie “El truco de los espejos”, junto a Helen Hayes. Por esos años, su hija B.D. y su marido experimentaron un fanático acercamiento a la religión. B.D. además recibió una jugosa oferta por escribir un libro sobre su madre, por el que recibió un importante adelanto económico. “My mother’s keeper” fue tremendamente cruel con Bette y la hirió profundamente, algo de lo que Bette nunca se recuperaría. Incluso tuvo una continuación bajo el título de “Narrow is the way” con una repercusión mucho menor. El primero se convirtió en un best seller y proporcionó a B.D. elevados beneficios a costa de hablar mal de su madre.

El nefasto año 1985 concluyó con la mala noticia para Bette de que Kath se iba a trasladar a trabajar a París, donde estaba su novio. Lo aceptó con resignación y se enfrentó de nuevo a la soledad y a la búsqueda de compañía de amigos y extraños a los que contrataba.

Una nueva salvación llegó de manos del telefilme “As summers die”. Pero tras este trabajo de nuevo vivió una sequía de trabajo. Su salud y su aspecto físico la habían mermado considerablemente y las ofertas eran difíciles. No obstante, en 1986 llegó a sus manos un bonito film llamado “Las ballenas de agosto”, donde compartió cartel con Lillian Gish, la dama del cine mudo. Como de costumbre, Bette complicó el rodaje y se mostró combativa contra Gish. Las críticas hacia el film fueron buenas.

Bette decidió escribir en esos momentos un segundo tomo de sus memorias, “This’n that”. Además, en la primavera de 1987 Kath Sermak regresó de París tras haber roto con su novio y de nuevo se convirtió en la mano derecha de Bette. Estuvo a su lado hasta el día de su muerte y ocupó el papel que debería haber cubierto B.D.


La salud de Bette y su aspecto la habían reducido a una figura esquelética. Aún en esta situación, en 1988 se embarcó en el rodaje de la que sería su última película, “Wicked stepmother”. Bette solo estuvo dos semanas y abandonó el rodaje. No obstante, su director rehizo el guión e incluyó los minutos en los que participó Bette. El film solo se comercializó en vídeo.

A lo largo de 1989 Bette recibió varios premios honoríficos. El último de ellos fue el premio Donosita a toda una vida en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Bette se desplazó hasta España a pesar de su precario estado de salud. El cáncer había invadido todo su cuerpo, pero por unos días, el calor y la aclamación de su público le dieron unos momentos más de gloria. Viajó a San Sebastián y pocos días después, tras un empeoramiento de su salud, fue junto a Kath al Hospital Americano de París, donde murió el 6 de octubre de 1989. Desaparecía así una de las más grandes leyendas de Hollywood y una de las mejores y más fascinantes actrices de todos los tiempos, BETTE DAVIS.

Las peleas entre Bette y Joan Crawford

“Bette regresó a Hollywood en 1961 de la mano de Frank Capra en el filme «Un gánster para un milagro», en el que daba vida a una vieja vendedora de flores. El filme no era precisamente el mejor de este gran director y no faltaron las lenguas de doble filo que se apresuraron a destacar el hecho de que ahora Bette ya no necesitaba maqui­llaje para interpretar este tipo de papeles.

Sin embargo, el peor enemigo de Bette fue el protagonista del filme, Glenn Ford. Las peleas con él fueron constantes y se ini­ciaron cuando Ford declaró a la prensa que él mismo había solicitado que Bette trabajase en el filme como agradecimiento por la oportunidad que ella le había dado años antes. Esto era men­tira y Bette montó en cólera. «¿Quién es ese hijo de perra que se ha atrevido a decir que ha ayudado a que me llamasen de nuevo? -aulló-. ¡Ese tío de mierda no me hubiera ayudado ni a salir de una cloaca! ¡Jamás debí volver a Hollywood! ¡Os odio a todos! ­¡Debo de haber estado loca al volver!»

Poco antes de terminar la película, la madre de Bette, Ruthie, murió de forma inesperada. Aunque ambas se habían distanciado bastante en los últimos años, Bette lamentó profundamente la muerte de su madre, aunque, todo hay que decirlo, dejar de mantener el costosísimo ritmo de vida de Ruthie debió ser todo un alivio para su maltratada economía.

Aparte de la muerte de Rut­hie, Bette debió afrontar el dolor que significó una nueva disputa con Merrill. La actriz reclamó a los tribunales que se le retirara a su ex marido el derecho de visita sobre los niños. Bette acusó a Merrill de ser «borracho y albo­ratador» y de mostrarse incapaz de «comportarse decentemente ante la familia». Alegó que Merrill se había mostrado borra­cho y violento con los niños y de haber utilizado la violencia física con ella; de que su casa de Cali­fornia estaba sucia y descuidada, de ser holgazán y de tener rela­ciones con una mujer con la que no estaba casado. Eran los tristes restos de lo que había sido un gran amor.

Su último gran éxito

La oportunidad se la propor­cionaría Robert Aldrich, un dinámico director de robusta apariencia y maneras amables. Aldrich había tenido la idea de reunir a Bette y a Joan Crawford en un agobiante y barroco filme sobre dos antiguas estrellas de cine que vivían juntas en una casa de Ca­lifornia. La película iba a llamarse «¿Qué fue de Baby Jane?».

Bette dudaba de su participa­ción en el filme. Sabía que Joan Crawford le envidiaba su talento y que, además, había estado ena­morada de ella. Finalmente, llamó a Aldrich a Nueva York y le dijo: «Voy a hacerle dos pregun­tas. Si me responde sinceramente, haré la película. ¿Se ha acostado alguna vez con Joan Crawford?»

Aldrich se lo pensó un instan­te y respondió: «No porque miss Crawford haya dejado de intentarlo.» ­

«Le creo -respondió Bette-. Vamos a dejar la segunda pregunta.» Evidentemente, ésta era si Aldrich iba a favorecer a su rival en la película.

Pese a haber aceptado, Bette llegó al rodaje de lo más recelosa. Jack Wamer se portó bien con sus dos antiguas estrellas e hizo lo posible para que se sintieran nuevamente cómodas en su antigua productora. Con todo, el trato ya no era el mismo de antes y ni Bette ni Joan tenían el control de antaño sobre el filme ni la posibilidad de retrasar a su antojo el rodaje. Además, Aldrich distaba mucho de ser un director servil y las trataba a ambas sin, complejos.

Durante la filmación de «Baby Jane», Joan Crawford volvió al ataque con Bette y empezó a mandarle nuevamente regalos. Bette le envió una nota diciéndole que no lo hiciera, pues ella no tenía tiempo de salir y comprar algo con que corresponderla. Crawford se enfureció y pasó de ser una rendida admiradora, a una feroz enemiga. Se convirtió en un monstruo y descargó su fu­ria en su desdichada hija adoptiva, Christina. Con Bette se comportó para siempre de una forma glacial y condescendiente que a ella le hacía poner furiosa.

Pese a todo, las dos estrellas se comportaron bastante bien en los platós. Jamás se pelearon y no utilizaron los típicos trucos para ponerle la zancadilla a su rival. El resultado fue dos interpretaciones magníficas y un filme tan barroco como estimable.

Después de «Baby Jane», Bet­te insertó un anuncio en la revista «Variety» que se haría famoso. Decía así: «Busca empleo actriz. Madre de tres -;" 10, 11 y 15 años-. Divorciada. Americana. Treinta años de experiencia en el cine. Capaz aún de moverse y más afable de lo que dicen los rumores. Desea empleo estable en Hollywood (estuvo ya en Broad­way). Bette Davis. c/o Martin Baum G. A. G. Referencias so­bre la demanda.»

La impresión general en Hollywood fue la de que Bette estaba acabada, por lo que la broma podía haberle costado muy cara. Por suerte, el éxito de «Baby Jane» y de su libro de memorias la rescataron sin mayores problemas. Su mayor dolor de cabeza fue la operación de vari­ces a la que tuvo que ser sometida B. D.

Pronto, Bette tendría que afrontar una nueva batalla legal contra Gary Merrill: Este insistía en poder ver a Michael y negaba las acusaciones de borracho y violento que Bette vertía sobre su persona. Pese a la virulencia de los ataques de su ex esposa y a que la misma B. D. declarase contra él, Merrill acabó ganando el juicio y obteniendo el derecho de ver a Michael, aunque se especificaba que debía, estar sobrio y que no podía sacar al niño de California sin el permiso de la madre.

La primera vez que Merrill fue a buscar a Michael, Bette le cerró la puerta en las narices y se negó a dejarle ni tan solo hablar con él. Al final tuvo que ceder por imposición de la ley.

Bette fue nuevamente desairada por la Academia cuando ésta no le concedió el Oscar por su trabajo en «Baby Jane». Ella es­taba convencida de que iba a obtenerlo y fue un golpe duro. Quien sí se alegró fue Joan Crawford. Joan no había estado nominada, pero había pactado con las otras actrices que subiría a recoger el premio si ellas no podían estar en la gala. Cuando el presentador leyó el nombre de Ann Bancroft, Joan pasó majestuosamente por delante de Bette y exclamó: «Ajá!» Furiosa, Bette se marchó a Europa a promocionar la. película. En Inglaterra fue nuevamente recibida de forma increíble por sus miles de admiradores. B. D. (que había interpretado un pequeño papel en la cinta) la acompañó. Sería duran­te este viaje cuando le daría a su madre una sorpresa mayúscula.

B. D. se casa

B. D. había conocido a Jeremy Hyam, hijo de un importante productor de Hollywood, y se ha­bía enamorado de él desde el pri­mer momento. Cuando le anunció a su madre su intención de casarse con él, Bette se sintió terriblemente herida. Sólo tenía 15 años y pensaba que todavía no estaba preparada. Además, no quería que su niña se apartara de ella. Sin embargo, encajó el gol­pe como buena perdedora que era y, tiró la casa por la ventana para pagar los gastos. Lo cierto es que Bette se equivocó, porque B. D. Y Hyam resultaron ser una magnífica pareja que supo man­tener sólidamente su unión.

Bette contrató al detective Michael Parlow para que siguiera a Merrill y le proporcionara nuevas pruebas contra él. El detective le informó de que su ex marido dejaba a Michael solo por las noches para irse de juerga por los bares de la zona. También le dijo que conducía bebido con el niño al lado y que había hecho el amor con una mujer en la habi­tación contigua a la del pequeño. Bette volvió a la carga en los tri­bunales, pero de nuevo los jue­ces fallaron a favor del padre, que seguía negándolo todo y acusando a Bette de persecución. La actriz casi se volvió loca de indignación cuando fue nuevamente derrotada.

Para pagar los gastos de la boda de B. D., aceptó 125.000 dólares por hacer de madre de Susan Hayward en «A dónde fue el amor». Durante el rodaje sucedió algo curioso. Bette le cogió ojeriza a Susan porque pensaba que la trataba de forma condescendiente y altiva. Lo que en realidad ocurría es que Susan Hayward era una persona tímida e insegura, a quien asustaba trabajar con una actriz tan grande como Bette. Lo cierto es que nin­guna de las dos pudo tragar ja­más a la otra.

Por dinero, Bette aceptó una nueva oferta de Robert Aldrich para rodar «Canción de cuna para un cadáver» al lado de Joseph Cotten y... Joan Crawford.

Desde el primer momento, Joan se comportó de manera más insoportable que nunca. Había tanto odio entre las dos que Bette se negó en redondo a hacer escenas junto a Joan Crawford. Le dijo a Aldrich que tendría que utilizar una doble y rodar con una de las dos de espaldas. Lógicamente, Aldrich se negó.

Por suerte, Joan no pudo aguantar tanta tensión, se puso enferma y tuvo que ingresar en un hospital. Bette rápidamente propuso a Vivien Leigh como sustituta, pero la protagonista de «Lo que el viento se llevó» re­chazó la oferta diciendo: «Podría quizá mirar el rostro de Joan Crawford a las siete de la maña­na en una plantación del Sur. ¡Pero desde luego no podría mirar al de Bette Davis!» A Bette, esta frase no le hizo ninguna gracia.

Finalmente, Crawford fue sustituida por Olivia de Havillind, vieja amiga de Bette a quien hacer de mala no le gustaba en exceso. Aceptó para poder trabajar de nuevo con dos viejos compañeros.

Bette y Olivia disfrutaron trabajando juntas y recordando viejos tiempos. Sin embargo, valgan estas dos anécdotas para ver cómo son algunas veces las estrellas. En el filme había una escena en la que Olivia tenía que abofetear fuertemente a Bette. La noche antes de rodarla, Bette le dijo a Aldrich: “Naturalmente, utilizará a mi doble.” El director se indignó. «¿Qué mierda dices, Bette? ¡La escena la harás tú!» La actriz respondió tajantemente: «Por nada del mundo la haré. Como tampoco lo habría hecho con Crawford. ¡Olivia, a la que adoro, hace veinticinco años que espera para darme una bofetada!»

Cuando se estrenó el filme, Bette y Olivia fueron juntas a la gala. Al terminar, Davis se volvió a su vieja amiga y le dijo con un terrible tono de admiración: «¡Querida, estuviste magnífica! Hasta te las arreglaste para mantener la atención del público cuando yo no estaba en la pantalla»

Pese a que «Canción de cuna para un cadáver» no era ni mu­cho menos tan buena como «Baby Jane», el trabajo no escasearía para Bette después de la misma. La actriz iniciaría una etapa plácida de su vida. A sus más de 50 años tenía dinero, una cómoda aventura amorosa con un rico editor y una bonita casa en Connecticut llamada «Two Bridges» donde podía sentirse a gusto. Se dedicó a disfrutar del tiempo libre, a arreglar la casa y a recibir las frecuentes visitas de B. D. y su esposo, de Michael y de Margot en las fiestas señaladas. Fue feliz en su casa, vestida con tejanos y camisas amplias y saliendo de allí sólo para intervenir en algunos programas de tel­evisión.

El ocaso de una estrella

La carrera de Bette había entrado en una espiral descendente de la que ya no saldría jamás. Su siguiente película para la Fox tras «Eva al desnudo» fue «El favorito de la reina», en la que la actriz retomó el papel de la rei­na Isabel I de Inglaterra que ya había interpretado en «Las vidas privadas de Elizabeth y Essex». Fue un filme de poco presupuesto que pasó inadvertido.

Después, Bette se embarcó en una película izquierdista titulada «Storm center». Su papel lo habían rechazado Irene Dunne y Barbara Stanwyck -muy conservadoras las dos- y también Mary Pickford, quien tenía pensado regresar al cine tras 18 años de ausencia y que se asustó cuan­do empezaron a relacionar su nombre con los sectores de iz­quierdas. «Storm center» era una crítica feroz a la época del senador McCarthy y el Comi­té de Actividades Antiameri­canas y resultó ser una obra tan digna como aburrida que fracasó en taquilla.

Bette rodó «Storm Center» para la Universal. Durante la filmación, le ocurrió una cu­riosa anécdota. Estando en su camerino, la pared que tenía ante ella se movió y en la ha­bitación penetró Harry Cohn, todopoderoso directivo del estudio. Bette lo echó del came­rino con cajas destempladas y ese mismo día comentó el acontecimiento con otro de los directivos del estudio. Éste, riéndose, le contestó: «Yo no me haría muchas ilusiones, Bette. Él no sabía que a Kim Novak la habían cambiado ayer a otro camerino mayor.»

Tras estas dos pobres expe­riencias, Bette tendría otra buena oportunidad con «The cattered affair», un buen drama en que aparecía gorda y vieja y que fue dirigido por Richard Brooks. Estrella y director se portaron muy bien (de hecho, Bette se sentía bastan­te atraída por Brooks, aunque el director no la correspondiese) y Bette consiguió una impresionante interpretación. Para darle realismo a su papel, la actriz compró ropa vieja en un mercadillo y se pasó sema­nas en el barrio neoyorquino de Brooklyn, estudiando el acento irlandés de sus habitan­tes y sus gestos y costumbres. En verdad, su trabajo en este filme hubiese merecido un nuevo Oscar.

Bette continuó ocupándose de Margot y siguiendo sus escasos y difíciles progresos. El tratamiento de la niña, unido al de su hermana Bobby y al excesivo dinero que su­ ponía mantener el tren de vida de su madre, habían dañado tanto su economía que la actriz distaba mucho de ser rica. Sin embargo, ella aceptaba este hecho con alegría.

Por esta época, Bette tuvo la oportunidad de trabajar en “Look Homeward Angel”, una obra en la que hubiera podido estar fantástica. Ya había dado el sí, pero entonces tuvo otro de sus accidentes que estuvo a punto de costarle la vida. Se había mudado a una nueva casa en la que había una habitación que daba directamente a un hoyo. Sin darse cuenta, Bette abrió la puerta y cayó desde una altura de tres metros. Se fracturó la columna y estuvo a punto de perder la. Su recia constitución la salvó de quedar inválida, pero desde entonces siempre sufrió fuer­tes dolores en la espalda.

A finales de los cincuenta, y como un síntoma evidente de su ocaso, Bette empezó a tra­bajar asiduamente en la televi­sión. También aceptó papeles de invitada especial, fatales para su reputación pero tan bien pagados que resultaban imposibles de rechazar. Una de estas colaboraciones la lle­vó a Francia para intervenir en “El capitán Jones”. Tras su corto trabajo (por el que se embolsó 50.000 dólares), Bette, su hermana Bobby y su hija B. D. pasaron unas pequeñas vacaciones en Inglaterra para que ella interviniera en “Donde el círculo termina”, junto a Alec Guiness. En este filme, Bette se mostró muy reservada y no hizo amistad con nadie. Guiness recordaría años después que “era una experiencia frustrante, porque yo estaba feliz de trabajar a su lado y ella parecía no querer trabajar conmigo”.

Cuarto divorcio

El matrimomio de Bette con Merrill había llegado a un punto muerto. Ambos recupe­raron la esperanza cuando les ofrecieron trabajar juntos en el teatro leyendo una recopilación de poemas de Carl Sand­burg. Era lo mejor que habían hecho ambos en años y pare­cía que aquello podría unirlos de nuevo. Al final, nada más lejos de la verdad. Bette con­genió muchísimo con Sand­burg, un intelectual encantador que a los 80 años seguía siendo un hombre vitalista y seductor. Bette y Merrill recorrieron todo el país juntos y aunque la obra no fue un éxito, sí resultó una experiencia profesional­mente muy gratificante.

A pesar de todo, el matrimonio entre Bette y Gary Merrill se resintió de la gira que hicieron juntos y en la primavera de 1960 Bette presentó formalmente la demanda de divorcio.

Con la demanda se inició una penosa batalla legal por la custodia de los niños. Merrill pagaba 250 dólares al mes para la manutención y educa­ción de Michael y B. D. Y la mitad de la escuela especial de Margot; además él se quedaba con el Mercedes propiedad de la pareja y Bette con la ranchera. La actriz no reclamó más que un dólar anual en concepto de pensión. Esto lo hizo porque si algún día au' mentaban los ingresos de su ex marido de forma espectacular, a ella siempre le quedaría la opción de pedir una revisión de la misma. Merrill se hizo cargo también de las Pólizas de seguro de la familia y la, casa con la condición, de que Bette renunciara a todo dere­cho sobre sus propiedades, a excepción de una casa llama­da «Witch Way» que tenía en Cape Elizabeth.

El divorcio de la pareja afectó directamente al espectáculo que ambos realizaban sobre los poemas de Carl Sandburg. Cuando se estrenó en Nueva York con un actor sustituto, el público (frecuen­temente gay) se agotó en po­cas semanas. Por muy gratificante que resultara la obra profesionalmente, lo cierto es que acabó por costarle dinero a Bette. Agobiada por las deu­das, accedió a iniciar la redac­ción de sus memorias con la colaboración del periodista Sandford Dody. El trabajo en común duró un año y al fina­lizar el mismo Dody la acusó de haber retocado su obra y haber cortado algunos de los mejores fragmentos. Tenía ra­zón, pero aun así, el libro, que se tituló «The lonely life», es un retrato bastante fiel de la vida de Bette.

Bette se casa por 4ª vez y adopta dos niños

Tras dejar la Wamer Bros, Bette rodaría su primera película con la RKO Pictures, propiedad de su antiguo amante Howard Hughes. Allí la actriz protagonizó «La egoís­ta», un drama sobrio y sin concesiones sobre un divorcio. Por otra de las ironías de la vida, tan corrientes en la carrera de Bette, mientras la rodaba, la actriz iniciaría los trámites del divorcio de William Grant Sherry. Se acordó de que ella tendría la custodia de B. D. Y que debería pasarle una pensión a su ex marido. Sherry tardó en dejar de molestarla. En los primeros tiempos amenazó repetidas veces con raptar a B. D. e irrumpió en repetidas ocasiones en el rodaje para acabar golpeando al actor principal, Barry Sullivan.

«La egoísta» era un filme mucho mejor que los últimos que había protagonizado Bette para la Warner; sin embargo, Hughes se empeñó en montarla de una forma que a la actriz le parecía errónea. Esto motivó enormes peleas entre ambos que acabaron con llevar al traste su antigua amistad.

Una gran película y su último marido

Cuando la situación de Bette era de lo más comprometida, un; antiguo adversario ven­dría a salvarla del apuro. Se tra­taba de Darryl F. Zanuck, el propietario de la 20th Century Fox, con quien la actriz había discutido violentamente en su corto tiempo al frente de la Academia de Hollywood. Zanuck tenía a punto el rodaje de «Eva al desnudo» y se encon­tró con que Claudette Colbert, la protagonista prevista, no po­día hacerla porque se había lastimado esquiando. Rápidamen­te, recurrió a Bette. Ella le ig­noró al principio, pero cuando recibió el guión que él le envió, quedó enamorada del persona­je ,de Margo Channing y acep­tó sin pensárselo dos veces.

El director de «Eva al desnu­do» era Joseph Leo Mankiewicz, un gran realizador que el año anterior había ganado dos Oscar per la dirección y el guión de «Carta a tres esposas». A Bette, Mankiewicz no le caía demasiado bien, pero le admiraba prefundamente. Por su parte, Mankiewicz había sido puesto en guardia contra la actriz por su amigo el tam­bién director Edmund Goul­ding. Sin embargo, Bette y Leo se portaron de manera excelente y el rodaje de «Eva al des­nudo» fue uno de los pocos de la carrera de la estrella en el que no hubo problemas y el ambiente fue relajado. Todos estaban encantados con la his­toria y por trabajar con los de­más actores.

Durante el rodaje de «Eva al desnudo», Bette conoció a Gary Merrill, un actor secundario por el que se sintió inmediata e irresistiblemente atraída. Merrill era viril, despierto y atrevido y a Bette siempre le habían gustado los hombres poco agraciados físicamente. Además, él sería de todos sus maridos el que más la igualaba en temperamento, dedicación personal e inteligencia.

Tan sólo 24 horas después de que fuera oficial el divorcio de Bette y Sherry, los dos se fuga­ron a México y se casaron allí. A buen. seguro, Merrill fue de sus cuatro esposos al que Bette amó más apasionadamente. Tenía más en común con él que con ningún otro y la familia estaba de su parte porque con­sideraba que, siendo actor, era el hombre más apropiado para ella.

El momento era idóneo para relanzar la vida y la carrera de Bette. Su matrimonio con Merrill fue perfecto en los primeros tiempos, tanto que decidieron adoptar a una pequeña niña a la que pusieron de nombre Margot. Pero entonces Bette perdió el buen criterio que la había caracterizado en épocas anteriores y protagonizó varias películas desastrosas que volvieron a hundirla.

La primera de estas fue «Another Man's Passion», una floja comedia negra que debía haber rodado en Inglaterra Barbara Stanwyck. Todo estaba previsto para ella, pero la actriz viajó a Roma de impro­visto para darle una sorpresa a su esposo, Robert Taylor, y la sorprendida fue ella cuando le encontró en plena aventura sentimental con otra mujer. La Stanwyck quedó destrozada y se negó a participar en el fil­me. Val Guest, el productor, recurrió entonces a Bette y, pese a que se trataba de un guión muy malo, sorprendentemente Bette aceptó. Ella, Merrill y las niñas se embarcaron para Inglaterra para hacer la película.

Esta vez, Bette no fue tan bien recibida en las islas como en su visita anterior. La prensa se mostró hostil, llamando a Merrill «Mr. Bette Davis» y destacando el prematuro envejecimiento de la actriz. Esto la afectó muchísimo e hizo que pusiera especial antención en la elección del director de fotografía (que sería el último responsable de sacada favorecida). El designado era Robert Krasner, ganador de un Oscar por la fotografía de «El tercer hombre». Bette insistía en trabajar sólo con operadores que hubiesen ganado la estatuilla. Sin embargo, cuando vio las primeras pruebas de cámara, le desagradaron muchísimo y encendiendo un cigarrillo preguntó: “Y a este hombre por qué le dieron un Oscar?” Alguien, desde el fondo de la sala, respondió en voz bien alta “¡Por fotografiar ruinas!” “El tercer hombre” había sido rodada en la Viena de la posguerra, destruida por las bombas. Bette se enfureció y exigió que saliera el que lo había dicho, pero nadie se responsabilizó del ataque.

Finalmente, Bette aceptó a Krasner y se inició el rodaje. Estuvo, como siempre, plaga­do de discusiones y el resultado final fue una de las peores películas de la actriz. Además, en plena filmación tuvo lugar la entrega de los Oscar en la que Bette estaba nominada por «Eva al desnudo». El equipo se reunió alrededor de la radio y fueron escuchando el desfile de los diferentes premios. Cuando llegó el de la mejor actriz, Bette se puso en pie de un brinco. La voz del locutor anunció: «y la ganadora es... Judy Hollyday».

Bette se dejó caer bruscamente y mintió con toda la valentía de la que fue capaz. «¡Eso está bien! ¡Lo ganó una novata! ¡Estoy muy contenta!». Obviamente, nadie la creyó, aunque fue una de sus mejores interpretaciones. Lo cierto es que fue injusto que no le dieran a Bette su tercera esta­tuilla por su gran composición como Margo Channing.

«Another Man's Passion» fue un desastre que deshizo lo que había hecho «Eva al desnudo» por la carrera de Bette. Sin embargo, la estrella no se dejó desanimar. Regresó a los Estados Unidos muy unida a Merrill y decidió adoptar otro niño al que pusieron de nom­bre Michael. Durante. el viaje de vuelta, Bette y Merrill se dieron cuenta de que Margot lloraba demasiado y se mostra­ba excesivamente inquieta. No le dieron importancia y la verdad es que tampoco podían suponer que eso fuera el prefacio del drama que aguardaba al matrimonio y que acabaría siendo una de las causas de su destrucción.

De regreso a Hollywood, Bette continuó cometiendo errores fatales en la elección de los proyectos en los que in­tervenía. Rechazó «Come back little Sheba», filme en el que es seguro que hubiese estado perfecta, y aceptó rodar «La estrella», una, película sobre la historia de una antigua gloria de Hollywood que aca­ba como dependienta en unos , grandes almacenes.

Otro infierno para Bette

Después de esto, Bette aceptó volver al teatro y protagonizar una comedia musical en la que debía cantar y bailar. Fue otro gran error, ya que ella no dominaba ese terreno y no podía estar más que gris en el escenario. Su nombre hizo que el espectáculo se mantuviera en cartel durante el invierno de 1953. Sin embargo, los problemas de sa­lud volvieron a atacarla. Una infección bucal que había ve­nido arrastrando durante me­ses se complicó hasta el punto de que, tras una representa­ción, Bette tuvo que ser trasladada de urgencia a un hospital de Nueva York. Allí, los médicos le extrajeron la muela infectada, y le diagnosticaron una osteomielitis muy grave. Bette tardó tres años en recuperarse totalmente. Ade­más, durante los primeros días corrió la voz de que tenía cáncer y aunque ella obligó al pe­riodista que publicó la mentira a retractarse, fueron muchos los que creyeron que estaba mortalmente condenada.

Pero ni la marcha de su carrera ni los achaques eran la máxima preocupación de Bette. Durante su recuperación, la actriz pudo comprobar que Margot se comportaba de for­ma extraña. No paraba de llorar y en ocasiones se mostraba extremadamente violenta. En una ocasión estuvo a punto de estrangular a un gatito que le había regalado Bette. Sin embargo, lo que obligó a los Davis a buscar ayuda psiquiátrica para ella. fue el ataque que Margot protagonizó contra su hermano Michael. Dotada de una fuerza increíble para su edad, la niña agredió al pequeño con unos cristales y lo dejó en el suelo cubierto de sangre mientras ella aullaba como un animal.

Los médicos pronto le diag­nosticaron una enfermedad mental incurable. Margot te­nía un coeficiente intelectual de 60 y jamás podría recuperarse. La familia aconsejó a Bette devolver a la niña al centro de adopción, pero el ins­tinto maternal de ella se rebe­ló contra tal solución. Al final, con el corazón desgarrado, se vio obligada a internada en un lujoso y excelente centro en el que una de las mejores espe­cialistas de los Estados Unidos se encargó de cuidar a la niña.

Por otro lado, el matrimonio entre Bette y Merrill empezó a deteriorarse. La conti­nua tensión generada por la enfermedad de Margot hizo que las peleas entre ambos - recordemos que eran dos fuertes caracteres- se hicieran cada vez más frecuentes. A esto hay que añadirle la frustración de un Merrill que se daba cuenta de que jamás lle­garía a ser una estrella y que quedaría encasillado para siempre en series de televisión y películas de acción de serie B. Como tantas veces, el espo­so de Bette buscó una salida en el alcohol y éste fue el prin­cipio del fin del matrimonio.

Madre a los 40 años

El 7 de agosto de 1944, Bette volvió a estar a un paso de la muerte. Fue durante el rodaje de «The corn is green», junto con John Dall. Una parte del decorado que estaba sobre ella se desprendió y cayó directamente sobre su ca­beza. Si no hubiera sido por la gruesa peluca que empleaba en el filme, lo más seguro es que no hubiera sobrevivido al golpe. Sin embargo, nadie sintió pena por ella, pues las continuas rabietas de Bette no hacían más que retrasar el rodaje y enfure­cer a los miembros del equipo.

Sus peleas con el director, Irving Rapper, y con el actor principal, John Dall, un homosexual con tendencia a pavonearse en las escenas fuertes, fueron memorables.

Pese a que sus relaciones con Sherry no mejoraban, ambos continuaron adelante con su proyecto de contraer matri­monio. En aquellos momen­tos, Bette estaba además atareada con la idea de organizar su propia productora, la B. D. Inc. Ella fue una de las primeras estrellas en hacerlo, asociada con Jack Warner (que era quien se llevaba la mayor tajada de los beneficios que se obtuvieran).

El primer proyecto personal de Bette fue «Una vida robada», drama en el que daba vida a dos hermanas gemelas. El rodaje también estuvo plagado de violentos enfrentamientos con el excelente director Curtis Bernhardt. Para no faltar a la costumbre, Bette volvió a estar en peligro de muerte cuando se en­redó con unas cuerdas en una escena rodada sobre un barco y estuvo a punto de ahogarse. Lo irónico del caso es que la pro­fundidad del lugar era de unos pocos palmos.

Una boda fatal

Al terminar el rodaje, Sherry se enfrentó violentamente con Glenn Ford, el protagonista mas­culino del filme. El novio de Bette estaba convencido de que ambos eran amantes. Sin embargo, nada más lejos de la verdad. Ford y Bette no estaban nada interesados el uno en el otro. En el futuro, ambos acabarían convirtiéndose en enemigos.

A finales de 1945, Bette y Wi­lliam Grant Sherry se casaron por fin. En años posteriores, la actriz reconocería que la abier­ta oposición de Ruthie y Bobby a la boda sería uno de los facto­res que más la impulsaron a seguir adelante con aquella locu­ra. Esta vez, sin embargo, tomaría sus precauciones y le haría firmar un documento a su nue­vo esposo en el que renunciaba a todos los bienes de la estrella si el matrimonio se rompía. Bette fue duramente criticada por la prensa por este motivo.

La luna de miel fue un fiel re­flejo de lo que sería la vida en común entre ambos. Durante el viaje a México, Sherry arrojó a Bette del automóvil y al llegar al hotel le tiró un cenicero a la cabeza. Lo único bueno fue que la actriz pronto quedó embarazada. Lo estaba deseando tanto que todo le pareció bien cuan­do se le dio la noticia.

Madre por primera vez

En 1946, Bette rompió con el pasado y decidió vender Riverbottom y Butternut e irse a vivir a Laguna con Sherry. Alquila­ron una pequeña pero muy acogedora casita al borde de un acantilado. Bette trasladó allí su máquina de escribir y Sherry su caballete y sus pinceles. En aquella época, la estrella estaba inmersa en un proyecto titulado «La reina de Africa», que quería rodar junto a James Mason. La película se haría algunos años después pero con diferen­tes protagonistas: Hepburn y Bogart.

Muchas noches terminaban con violentas peleas entre Bette y Sherry. Este, desolado, empezó a visitar a un psiquiatra e intentó congraciarse con su esposa mostrándose servil. Cuando regresaba a casa del rodaje, él le tenía preparada la cena y las zapatillas. A Bette esto la irritaba más que otra cosa. Consideraba aquello como uno de sus debe­res. Lo que realmente quería era alguien que estuviese a su altura profesional y económicamente y Sherry estaba a años luz. De todas formas, un carácter tan dominante como el de Bette es dudoso que se hubiese amoldado a una persona de su talla. Su destino era el de no encontrar jamás a la pareja perfecta. Entre ella y Sherry no había respeto ni casi amor. Incluso cuando hacían el amor existía un componente de odio. Sin duda, ese fue uno de los períodos más negros de la vida de la estrella.

En estas condiciones y embarazada de su primera hija, Bette inició el rodaje de «Deception», su nuevo filme, al lado de Claude Rains. Fue una película infernal, rodada entre lágrimas, discusiones y dudas, que se re­trasó el doble de lo previsto. El 3 de abril de 1946, Bette sufrió un accidente de coche que hizo temer por su vida. Sherry, aterrado ante la perspectiva de la muerte de su esposa y arrepentido porque creía que él te­nía la culpa, se mantuvo a su lado en todo momento. Sin em­bargo, las heridas sufridas por Bette resultaron no ser tan graves como todos pensaban.

Lo que sí era realmente grave era la marcha de la carrera de la actriz. Sus películas ya no eran los grandes éxitos de antes, pero su conflictividad laboral crecía día a día. La Warner ya no estaba dispuesta a transigir con sus caprichos y la productora estuvo a punto de suspenderla de sueldo durante el rodaje de «Deception» por absentismo laboral, aunque fi­nalmente no se atrevió. Bette reaccionó reuniendo al equipo del filme y quejándose pública­mente de la forma de trabajar del estudio. Aquella especie de mitin laboral fue el primero de la historia de Hollywood y Jack Wamer no la perdonó jamás por ello.

«Deception» hizo honor a su nombre y resultó una decepción en taquilla. El ansiado nacimiento de Barbara alejó todas las preocupaciones de la mente de Bette. Ser madre a los 40 comportaba riesgos y tuvo que someterse a una cesárea. Sin embargo, superó el mal trago y decidió retirarse un año de los platós ante el mal humor de Warner.

Aquél fue un período feliz, aunque durara poco. La maternidad hizo que el carácter y la salud de Bette mejoraran e incluso contribuyó a relanzar su relación con Sherry. Sin embar­go, poco tiempo después la actriz confesó a unos amigos que estaba convencida de que su esposo se entendía con la institutriz de Barbara, a la que ella llamaba siempre B. D. Las cosas volvieron a la situación anterior.

El declive de una estrella

Para regresar a las pantallas, Bette eligió una obra llamada «Winter meeting», que le propuso el mismo William Grant Sherry. No se trataba de una gran historia, aunque Bette la aceptó para congraciarse con su marido. Los problemas se plan­­tearon desde el principio. La Warner desechó a Richard Widmark para el papel principal (a pesar de que el actor había he­cho unas pruebas inmejorables) y se lo ofreció a Jim Davis, quien muchos años después se haría famoso gracias a su rol de Jock Ewing en «Dallas». La pe­lícula resultó un fracaso estrepi­toso que sentenció su carrera en la Warner. Al ser ella la produc­tora, el fracaso del filme era to­talmente suyo. Pese a estar en situación tan precaria, Bette no se daba cuenta de su posición. En su siguiente película, «Beyond the forest», se empeñó en enfrentarse con King Vidor, uno de los mejores directores de la época. La mayoría de las veces eran tonterías en las que Bette se empeñaba estúpidamente. Finalmente, tras una de esas dis­cusiones, Bette se fue directa al despacho de Jack Warner y estalló:

«Jack, si no pones a otro director quiero rescindir el contrato. ¡O él o yo!»

El propietario de los estudios la miró fríamente a los ojos y dijo sin dudarlo:

«Muy bien, Bette, tú.»

En realidad, Warner estaba deseando deshacerse de una estrella que le resultaba demasia­do cara y que ya no resultaba productiva. En menos de 15 minutos tuvo listos los papeles. Bette volvió a hacer gala de su profesionalidad y terminó la película sin rechistar. Hasta Vidor admiró a aquella mujer que tantos dolores de cabeza le había ocasionado.

El último día de Bette en la Warner no fue celebrado con una fiesta de despedida ni nada por el estilo. Simplemente, Bette comió con el resto del equipo el contenido de una fiambrera y al terminar el día montó en su coche y se fue a casa. De una manera tan fría y desagradecida terminó una relación de casi dos décadas entre la estrella y el estudio en el que había realizado tantas grandes películas.

Bette enviuda inesperadamente

“Vieja amistad” era un proyecto persomal que Hal Wallis arrastraba desde 1940. El directivo de la Warner se había enamorado de aquella comedia amarga de John van Drutten, que narraba la rela­ción a lo largo de los años de dos mujeres, amigas en el fondo, pero de signos muy distintos. Una de carácter dulce y la otra una auténtica «golfa».

Ultimar el guión de «Vieja amistad» y disponer de las dos actrices, necesarias se reveló como un trabajo de titanes. La historia era endeble y hubo que trabar mucho para darle cuer­po. Rosalind Russell estaba inte­resada en el papel de la amiga «buena», pero finalmente tuvo que rehusar a causa de otros compromisos. Ni los 150.000 dó­lares que le ofreció Jack Wamer fueron suficientes. El papel fue ofrecido a Irene Dunne, pero la actriz acabó rechazándolo. De esta forma, como otras tantas ve­ces, la película llegó, a la mesita de noche de Bette Davis, quien se mostró muy interesada en el proyecto, haciendo cualquiera de los dos papeles.

Pero el papel de “mala” tenía una candidata inmejorable. Cuando a Jack Waner le propu­sieron a Miriam Hopkins, el pro­ductor exclamó: «¡Sí, ésa es una auténtica zorra!» Medio Holly­wood estaba peleado con Mi­riam, pero había que reconocer que era perfecta para el papel. Warner llegó apagarle más que a la propia Bette, aunque cuan­do llegó a Hollywood nadie fuera a recibirla y debiera pasar lar­gos días sola en la suite de su hotel.

El británico Edmund Goul­ding había mostrado muchísimo interés en el filme. Trabajó in­cansablemel1te en el guión, pero esto le agotó tanto que acabó te­niendo un ataque al corazón. Le­jos de esperarle (así de cruel es el mundo del cine), la Warner contrató a Vincent Sherman.

Bette afrontó «Vieja amistad» con recelo. Odiaba a Miriam y desconocía a Sherman. Sin em­bargo, cuando visionó unas to­mas del filme efectuadas con su rival le gustaron tanto que se puso a las órdenes del director sin mayor problema.

Previsiblemente, el rodaje fue una batalla entre dos viejas ene­migas. Desde el primer día, Mi­riam se dedicó a boicotear la ac­tuación de Bette. Se mostraba dispersa en las escenas importan­tes y nunca prestaba a su parte­naire el apoyo que necesitaba. El rodaje se convirtió en una cons­tante pugna entre ambas, que lle­gó a su momento cumbre el día en que se tenía que rodar una es­cena en la que Bette zarandeaba a Miriam y la obligaba a sentar­se. Sabiendo el clima que se res­piraba, el día en que estaba pre­visto que se rodara esa escena el plató se llenó de personal de las oficinas y de los equipos de rodaje de otras películas. Sin em­bargo, la actuación de Miriam Hopkins aguó la fiesta a los cu­riosos, pues cuando Bette la co­gió por los hombros, ella se dejó caer como una muñeca de trapo y por mucho que se repitió la toma no hubo forma de que hi­ciera lo que se pedía de ella. Días después, Miriam pisó una pasti­lla de jabón saliendo de la ducha y se partió una oreja al caer. His­térica, acusó a Bette de haber colocado allí la pastilla asesina.

Aunque el rodaje se retrasara varias semanas y la lucha entre ambas fuese constante, el resul­tado final de la película fue más que destacable. «Vieja amistad» fue un gran éxito en la taquilla. Todo Hollywood fue a verla. Sa­bían tantas cosas del rodaje que el filme fue motivo de conversa­ción durante mucho tiempo.

Después de la película, Bette se fue a Butternut a descansar junto a Farney. Éste había empe­zado a tener frecuentes proble­mas de salud. En pocas semanas se había caído de un caballo y por unas escaleras, tenía mareos y en la piscina nadaba en zigzag. Además, trabajaba demasiado.

La trágica muerte de Farney

Bette estaba a punto de empe­zar «Mr. Skeffington» cuando tuvo lugar la inesperada tragedia. El 23 de agosto de 1943, Farney paseaba por Hollywood Boulevard en dirección a la oficina de Bette, Dudley Furse, cuando sufrió un repentino ataque. Los clientes de un estanco le oyeron lanzar un alarido y caer hacia atrás como un muñeco roto. En su caída, se golpeó la cabeza con­tra el bordillo y de su nariz y oídos empezaron a brotar unos hi­lillos de sangre. Sus convulsiones eran tan violentas que la gente se agolpó a su alrededor.

Famey fue rápidamente trasla­dado al Hollywood Receiving Hospital mientras Bette era avi­sada precipitadamente. Cuando llegó al lado de su esposo, éste casi ni la reconoció. Farney permaneció varios días debatiéndo­se entre la vida y la muerte. Fi­nalmente acabó rindiéndose y murió mientras dormía.

La muerte del esposo de Bet­te Davis estuvo rodeada de con­fusión. En el momento del acci­dente, Farney llevaba un maletín que desapareció entre el barullo creado. Los forenses que exami­naron la herida en el cráneo encontraron restos de sangre coa­gulada. que indicaban que la herida era anterior al momento de la caída y que se había producido al ser golpeado con algún ob­jeto contundente. Como Farney estaba relacionado con importantes investigaciones aeronáuti­cas, se especuló con que su muerte hubiera sido un asesina­to. Sin embargo, el asunto no quedó claro hasta unos meses después.

Lo ocurrido con Farney fue lo siguiente. El marido de Bette Davis había iniciado una relación con la esposa casada de un com­pañero de trabajo. Este, un hom­bre fuerte y violento, les había sorprendido en la cama en un motel y había golpeado a Farney en la cabeza con una lámpara. El marido de Bette no se había re­cuperado nunca del golpe y la herida fue agravándose hasta que acabó con él. Además, Farney se había convertido en un alcohólico. El maletín que desapareció le fue devuelto a Bette unas sema­nas más tarde por el niño que lo había robado. Dentro, la actriz encontró multitud de botellas de licor. Por alguna clase de justicia poética, el hombre que mató a Farney al golpearlo murió pocos días después en un accidente de aviación.

El entierro de su marido fue una experiencia terrible para Bette. La madre de Farney la obligó a asistir a un velatorio a la antigua usanza en Butternut, en el que la actriz debió permane­cer toda la noche al lado del ataúd rodeado de cirios. Una tía del muerto se puso histérica e in­tentó sacar el cuerpo de la caja.

Todos estos sucesos afectaron muchísimo el rodaje de «Mr. Skeffington». Además, en la pe­lícula Bette debía aparecer con una máscara que envejecía su rostro. La máscara se le pegaba a la cara y no la dejaba transpi­rar. Bette por poco se vuelve loca con ella. Empezó a meterse en la dirección de la película, ganándose las antipatías de todos. En medio de este clima enrarecido, Bette fue objeto de un extraño atentado. Alguien cambió unas gotas oculares de la actriz por acetona y cuando ésta se las apli­có, cayó hacia atrás profiriendo un alarido. Sólo la rapidez con la que actuó su maquillador habitual, Perc Westmore, la salvó de perder el ojo. Todavía hoy no se sabe quién ni por qué lo hizo, pero cuando Bette regresó al rodaje estuvo todavía más histérica e insoportable. «Mr. Skeffington» se retrasó más de dos me­ses de lo previsto y fue objeto de duras críticas. El comportamiento de Bette hizo enfurecer a Jack Wamer hasta tal punto que tardó mucho en perdonar a su estrella: Bette llegó a pedir que se le rescindiera el contrato con la Wamer, pero el estudio rechazó de plano esta opción. Warner podía estar enfadado, pero no era estúpido.

Aparece William Grant Sherry

Tras la muerte de Farney, Bette se sentía terriblemente sola. Todo en Butternut y Riverbot­tom le recordaba al difunto. Además, Ruthie seguía gastando el dinero de su hija en proporciones casi indecentes y Bobby había recaída en sus problemas mentales. Se volvió violenta y hubo que volver a internarla. Las facturas eran terribles, pero Bet­te estaba empeñada en que su hermana tuviera lo mejor.

Para colmo de males, en esta época la Warner contrató a Joan Crawford, en parte para pararle los pies a Bette. Crawford era una gran estrella, aunque nadie en Hollywood simpatizaba con ella. Joan era una lesbiana repri­mida que hacía tiempo sentía una gran atracción por Bette. Desde que llegó al estudio, empezó a mandarle a Bette flores y perfumes en el más puro estilo del hombre que corteja a una mujer. Crawford le pidió muchas. veces que fueran a cenar juntas, pero a Bette tampoco le caía bien y la rechazó de plana.

A punto de cumplir los 40 años, Bette se sentía sola y de­seaba tener un hijo. Seguramente por todo esto se equivocó al enamorarse de William Grant Sherry. Éste era un pintor de 29 años, alto, moreno y guapo, de fuerte carácter, a quien Bette co­noció en sus frecuentes visitas a Laguna Beach.

Sherry era todo fuego y aunque a Bette le gustaban los caracteres duros, deseaba ser ella la que llevara la voz cantante. Su nuevo amor podía ser un desconocido, pero no era nadie que se dejara dominar. Desde el primer momento, sus peleas fueron enormes. A ninguno de los amigos de Bet-te le caía bien e incluso ella se cansó pronto de aquel joven rebelde, más de diez años menor que ella. Su relación con Sherry fue, desde luego, un grave error.

Segunda boda con Arthur Farnswort

Para regresar a Hollywood después de sus prolongadas vacaciones, la Warner le dio a Bette «El cielo y tú», un drama en el que traba­jaba también Charles Boyer. No se trataba de una gran pe­lícula, pero tanto Bette como el actor ofrecieron unas grandes interpretaciones que contribu­yen a hacerla interesante. Tras este filme, Bette gozaría de unas vacaciones en Hawai y su nombre se relacionaría senti­mentalmente con el de Bob Ta­plinger, un joven publicista de la Wamer. En todo caso, esta relación no duraría demasiado, pues Bette seguía teniendo muy presente a Arthur Farnsworth.

«La carta»

En 1940, a Bette le ofrecie­ron un papel fantástico en el filme «La carta», que tenía que dirigir su antiguo amante, William Wyler. Se tra­taba de la esposa del propieta­rio de una plantación en Mala­sia que mataba a su amante y obligaba a su abogado a mentir al jurado para salvarse de la horca. Era un tema atrevido para la época -una protago­nista que era una asesina y que ni tan solo intentaba hacerse simpática a los ojos del públi­co- y pocas actrices se hubie­ran atrevido a interpretado, pero Bette se lanzó al proyecto con todo su entusiasmo.

«La carta» fue un filme grandioso por muchos motivos. Wyler conocía perfectamente a Bette y le arrancó una interpre­tación memorable a base de in­troducir pequeños detalles, como el de que la protagonista se pasase la película haciendo ganchillo (a Bette le encantaba en la vida real y en el filme le daba un aire de tranquilidad que de otra manera se hubiese conseguido difícilmente). La guerra alejaba a Bette de Farney, aho­ra comprometido en importan­tes investigaciones aeronáuti­cas. Pese a todo, ambos planea­ban casarse hacia Año Nuevo e iban arreglando poco a poco la casa en la que pensaban vivir.

A «La carta» le seguiría «La gran mentira», un folletín sin interés cuyo único aliciente para Bette fue el de hacer po­sible su amistad con Mary Astor. La inolvidable protagonista de «El halcón maltés» fue apa­drinada por Bette para que pu­diera interpretar el filme.

Bette y Farney se casaron el 31 de diciembre de 1940 en la casa que su amiga Jane Bryan tenía en Arizona. La actriz supo guardar astutamente la fe­cha de su boda y la ceremonia tuvo muy poca publicidad. Robert Pelgram, el marido de una recuperada Bobby, fue su padrino de bodas.

Tanto para ella como para su esposo se trataba del segundo matrimonio. Fue un acto deli­cioso y la única pega la encon­traron en el poco tiempo que Bette tuvo para la luna de miel. La Warner la llamó urgente­mente para empezar otra película, una comedia intrascendente con James Cagney titulada «The Bride came C.O.D.».

Otra vez Wyler

William Wyler había estado asediando a Bette para que rodara junto a él «La loba», violenta historia de codicia y cruel­dad ambientada en el sur de Estados Unidos. Wyler creía que su antiguo amor era la única que podía dar vida a la pérfida Regina Giddens, una bella dama sureña corrompida por la ambición y la frustración que acaba convirtiéndose en un monstruo al que sólo importa el dinero.

Tallulah Bankhead había in­terpretado con gran éxito la obra en los escenarios y Bette afrontó el reto del papel con la idea de darle un cariz comple­tamente distinto. Si la Bankhead le había dado un aire de sensualidad, ella convirtió a Regina en una persona a quien el trato machista al que había sido sometida la había conver­tido en frígida. Esto le traería muchos problemas con Wyler, quien veía el personaje desde una óptica completamente dis­tinta.

Poco antes de empezar el filme, Jack Warner se negó a ce­der a Bette a la Metro. Se pen­só en la misma Talullah o en Miriam Hopkins, pero enton­ces el destino echó una mano y Warner se avino a hacer el tra­to a cambio de que la Metro le cediera a Gary Cooper para «El sargento York».

El de «La loba» fue un roda­je extraordinariamente tenso. Farney seguía en Minneápolis, atareado con sus investigacio­nes, y Bette se sentía muy sola. Hubiese necesitado el calor de Wyler, pero esto no era ya posible, pues Bette se había hecho muy amiga de Margaret, la es­posa del director. Además, las diferencias entre ambos por su manera diferente de ver la pe­lícula pronto desembocaron en continuas y violentas discusiones. Wyler la quería femenina y sensual y Betty se obstinaba en que si salía bella, el público difícilmente creería que no había ningún hombre en la vida de Regina.

En medio de este panorama, tuvo lugar otro de esos estúpidos accidentes que jalonaron la vida de Bette. Una noche, la actriz ingirió un calmante que le había recetado el médico. Sin embargo, la farmacia que se lo había preparado incurrió en un lamentable error y Bette fue presa de terribles convulsiones. ,

Su doncella la llevó precipitadamente al hospital, donde un rápido lavado de estómago le salvó la vida casi de milagro.

Este episodio la desequilibró y al regresar al filme, las peleas crecieron de tono. Después de rodar la escena de la cena, Wyller profirió el comentario más cruel que podía haber he­cho. El director dijo que aque­lla era la peor escena que ha­bía visto jamás y se preguntó si no sería mejor que «contratáramos a Talullah Bankhead». Bette salió del plató con los ojos llenos de lágrimas.

Sorprendentemente, la película resultó soberbia una vez terminada. La interpretación de Bette ha demostrado ser la correcta con el paso del tiempo. «La loba» es una historia simbólica sobre la ambición de la burguesía americana y sobre cómo el deseo de hacer dinero puede imponerse al deseo sexual. Sin duda, ha sido una obra que ha ganado con el paso de los años. Pese a su calidad, las discusiones que ocasionó entre Bette y Wyler les separa­ron para siempre. Nunca vol­vieron a rodar una película juntos.

Al terminar «La loba», Bette se vio afectada por una terrible crisis nerviosa que la obligó a guardar cama varias semanas. Posteriormente, en otro de sus estúpidos accidentes, un perro le mordió la nariz y eso la obligó a ocultarse del público en su granja de Massachusetts durante casi un mes. Esta ristra de desgracias se completó cuando Bette, en pleno rodaje de su nuevo filme, fue informada de que Farney estaba internado en un hospital de Minneápolis aquejado de una grave pulmo­nía.

La actriz se puso histérica y quiso viajar inmediatamente hasta donde estaba su marido. Era tiempo de guerra y los viajes por avión se habían convertido en un lujo casi imposible. Bette recurrió a Howard Hughes y le pidió que le consiguiera un avión. Su antiguo amante le aconsejó no viajar a causa del mal éstado del tiempo, pero ante la insistencia de Bette le consigüió dos aviones privados.

Después de un viaje infernal de casi 2.000 millas, Bette pudo llegar, agotada y al borde de la crisis, al lado de Farney. Estuvo en el hospital hasta que él mejoró, pese a que Jack Warner le reclamaba, a diario que volviera a los platós.

También en esos días, Bette fue nombrada presidenta de la Academia de Artes y Ciencias. Su talento no concordaba con el de la directiva de la entidad que otorga los codicicados Oscar. Bette fue presidenta sólo durante unas pocas semanas, pero en ese tiempo contribuyó decisivamente a que se revoca­ra la decisión, ya tomada, de dejar de celebrar la ceremonia de los Oscars durante los años que durara la guerra. En esos momentos, el filme que Bette rodó fue «Como ella sola.

Después de él; Bette quería interpretar “La extraña pasajera”, las historia de una joven fea y cominada por su madre a quien su psiquiatra hace cambiar de vida. Era un papel que Jack Warner se resistía a darle por dos motivos: seguía enfada­do por el mal trabajo de Bette en su último filme y, además, no se fiaba de que la estrella fuera capaz de pasar de ser un patito feo a un cisne. Dirigida por Irving Rapper, un, hábil artesano, «La. extraña pasajera» se convirtió en un pequeño clásico, amén de ser la película de mayor éxito comercial en la carrera de Bette. Gracias al filme, miles de jovencitas feas se permitieron soñar que para ellas también había luna espe­ranza. A regañadientes, Warner le subió el sueldo a Bette hasta los 4.000 dólares semanales.

Este sería, sin lugar va dudas, el mejor momento de la vida de la actriz. En el, verano de 1942, Bette tenía 34 años, es­taba felizmente casada y su carrera, tras el éxito de «La ex­traña pasajera», se veía firme como una roca. Su salud había mejorado también notablemente y su carácter se había atemperado. Desgraciadamente, aquella época estaba condenada a desaparecer rá­pidamente.

Con William Wyler perdió al hombre de su vida

Al terminar «Jezabel», Bette te estaba física y mentalmente extenuada. Su médico le recetó descanso absoluto y le prohibió trabajar en otro filme hasta no haberse repuesto. Ocultar su romance con William Wyler, un hombre del que esta­ba enamoradísima, había resulta­do especialmente difícil.. Si la hubiesen descubierto, las ligas de decencia que por aquella época tenían un enorme poder hubie­sen podido destrozar fácilfuente su carrera, pues el adulterio era algo que entonces no se per­donaba.

Al terminar «Jezabel», sin em­bargo, la relación entre Bette y Wyler empezó a flaquear. Por un lado ambos se atraían enorme­mente, pero por otro era impo­sible que estuvieran juntos dema­siado tiempo. A Wyler le exaspe­raba el temperamento neurótico de Bette, mientras que ella temía ser devorada por una personali­dad tan desbordante como la del director.

Justo entonces apareció Ho­war Hughes en la vida de Bet­te. Este era uno de los persona­jes más curiosos de la época. Tan rico como misterioso, Hughes había rodado «Hell's Angels», sin duda la mejor película que se ha­bía hecho jamás sobre temas aéreos. Hughes, que mantenía un sonado romance con Katharine Hepburn, conoció a Bette duran­te una fiesta y ella quedó pren­dada de su encanto.

Pese a ser un hombre guapo e inmensamente rico, Hughes era muy patoso con las mujeres. Apocado y tímido, le costaba tanto tratar con ellas que hasta padecía impotencia eyaculatoria. Igual que un oso grande, suscita­ba su instinto maternal. Con él, Bette fue dulce y amable y, aun­que él no fue fan cariñoso como con la Hepburn, su relación con Bette fue la que le ayudó a curar su impotencia. Por su parte, Bet­te logró eliminar la ansiedad que llevaba encima desde hacia tiem­po.

Pero Ham Nelson apareció en escena para complicar nueva­mente las cosas. .Loco de celos, contrató a un famoso detective y llenó su casa de micrófonos para sorprender a los amantes. Una noche, sufrió la tremenda humi­llación de oírles juntos. Incapaz de aguantar, penetró en la casa y se precipitó en el dormitorio. Hughes intentó pegarle, pero fa­lló. Entonces, Ham le hizo chan­taje y amenazó con publicar las cintas si Hughes no le daba 70.000 dólares.

Muerto de miedo de que su impotencia se hiciera pública, Hughes contrató a un gangster para matar a Ham, pero éste se había cubierto las espaldas y ha­bía avisado a la policía de que si moría, la culpa sería suya. El mi­llonario no tuvo más remedio que pagar. En un gesto de gran decencia, Bette volvió a pedir otro adelanto y pagó hasta el úl­timo centavo a su amante. Este nunca olvidó el gesto y a partir de entonces cada año de su vida le mandó a Bette una flor el día del aniversario de aquel pago.

La soberbia dirección de Wyler hizo que Bette diera lo mejor de sí misma en «Jezabel». La película la convirtió en una estrella a la altura de la Garbo o la Hepburn y, además, le reportó el segundo Oscar de su carrera. Esta vez, Bette sí estuvo de acuerdo con la película por la cual obtenía la estatuilla.

Después, Bette rodaría “Las hermanas”, junto a Errol Flynn, un actor al que detestaba. Flynn le hizo una proposición amorosa, pese a que Bette pensaba decididamente que no era su tipo. Ella lo rechazó vehementemente. La actriz prefería a Anatole Litvak, el director del filme, un hombre culto y encantador que estaba casado con Miriam Hopkins. La vieja enemiga de Bette la odiaba más que nunca por haberle arrebatado el papel que ella creía suyo en “Jezabel”. Miriam acusó a Bette y a su marido de mantener un romance. Aunque ambos tendrían efectivamente una corta relación, esto no sería hasta varios meses después, por lo que la acusación resultaba ser absolutamente falsa. Cuando Bette y Litvak lo intentaron, la cosa no funcionó porque él era un hombre amante del lujo y las diversiones y ella una mujer sacrificada y austera, con demasiados problemas domésticos. Además, Bette siempre estuvo más interesada en el cine que en cualquier otra cosa.

Bette estaba interesadísima en interpretar “Amarga victoria”, un drama sobre una mujer moribunda en el que había fracasado la mismísima Talulah Bankhed. Los derechos pertenecían a David O. Selznick, que quería a Hepburn o a Garbo para el papel. La Warner pensó en los derechos tratando de ofrecerle el filme a Kay Francis, pero ella lo rechazó por no querer interpretar a una moribunda. Después de tantas vicisitudes, el papel fue a parar a manos de Bette, quien intentó conseguir a Spencer Tracy para el papel masculino. Warner no se fiaba del actor a causa de sus problemas con el alcohol y contrató a Geroge Brent y Humphrey Bogart, lo que resultó ser un acierto al final. Bette convirtió aquel papel que no había querido Kay Francis en uno de sus mejores filmes.

La relación de Bette con Wyler estaba marcada por sus enfrentamientos constantes. Ambos se amaban con locura, pero sus fuertes personalidades les hacían chocar una y otra vez. Wyler mantenía relaciones con una bella joven llamada Margaret Tallichet. Una noche, al regresar Bette a casa después del rodaje, encontró una carta del director. Enfadada, no quiso ni abrirla y fue aplazando su lectura hasta pasada una semana. Fue un error que la marcaría para siempre. En la carta, Wyler le comunicaba que, a menos que ella accediera a casarse con él inmediatamente, él lo haría con Margaret el próximo miércoles. Aquel día era justamente miércoles. Bette se echó a llorar desconsoladamente. Sabía que había dejado pasar el amor de su vida. Durante varios días fue incapaz de presentarse en el rodaje, enfureciendo a los miembros del equipo. Cuiriosamente, la próxima película que Bette haría bajo las órdenes de Wyler se llamaría precisamente “La carta”.

Cuando pudo reanudar su trabajo, el trauma sufrido con Wyler le sirvió a Bette para realizar otra interpretación soberbia. A la vez, Bette inició una relación con George Brent que duraría más de un año y que ella utilizaría para superar esa época. Pese a todo, también tendría problemas con Brent, pues a él le irritaban el mal humor y la tacañería de Bette.

“Amarga victoria” la consolidó como una número 1, aunque Bette siguió siendo una de las estrellas epor pagadas de Hollywood.

Tras “Amarga victoria”, Bette rodaría “Juárez” y “La solterona”. En la primera tenía un papel corto pero intenso, aunque finalmente la película se la robaría Paul Muni, por entonces una de las grandes estrellas de la Warner. Mientras rodaba aquel filme, Bette se divorciaría de Ham Nelson el 6 de diciembre de 1938.

“La solterona”, por su parte, la enfrentaría a su gran enemiga, Miriam Hopkins. Las dos se odiaban y la Hopkins, amante del juego sucio, se encargó de dificultar el trabajo de Bette, dejándola sola en las escenas importantes y desarrollando una interpretación suave, encaminada a conseguir las simpatías del público. Es un filme en el que se puede notar la profunda antipatía de las dos actrices.

Ninguna de las dos películas resultó un éxito. Tras ellas, Bette pudo conseguir un viejo sueño, dar vida a la reina Elizabeth de Inglaterra en el filme “Las vidas privadas de Elizabeth y Essex”. Lo malo fue que como compañero, Jack Warner le puso a Errol Flynn cuando ella deseaba a un gran actor como Laurence Olivier. Flynn no era en realidad un buen actor. Lo dejaba todo a su físico y su desparpajo y estaba más interesado en divertirse que en esforzarse por el trabajo. Mientras Bette leía libros, elegía vestidos y acordaba un maquillaje que le afearía profundamente pero que estaría acorde con el físico real de la reina, Flynn jugueteaba con sus barcos y sus mujeres.

Durante el rodaje, plagado, como no, de problemas de salud de Bette, ella y Flynn llegarían a detestarse profundamente. El actor bostezaba cuando no le enfocaba la cámara, se olvidaba del guión y le pellizcaba el trasero a la menor ocasión, y cuando Bette estallaba de cólera, él todavía se reía con más fuerza.

As causa de todos estos inconvenientes, el filme no es uno de los mejores de la carrera de Bette. Después, la actriz conseguiría unas largas vacaciones de casi medio año. Viajó a Nueva Inglaterra y allí conoció a Arthur Farnsworth, un ingeniero aeronáutico alto y guapo, de buena familia y que vestía pesadas prendas de cuero y pantalones de algodón. Farnsworth había sufrido un accidente del que no hablaba nunca y que le había provocado un síndrome parecido a la epilepsia. A Bette le encantaba, pero tenía el problema de siempre, no estaba a su altura.

Pese a todo, “Farney” cautivó a su familia y amigos y ambos iniciaron una relación favorecida por las vacaciones de la actriz y su consecuente relajamiento. Fue también durante esos meses de relajo cuando Bette compraría sus dos casas: Butternut, una vieja vivienda en New Hampshire que reconstruyó con ayuda de seis carpinteros de los estudios, a quienes llevó desde Hollywood a escondidas, y Riverbotton, una bonita mansión en Los Angeles rodeada de campo y con un río. Ambas casas se convertirían en sus refugios durante los siguientes y difíciles años.

El Oscar por Jezabel y su primer amante

"Cautivos del deseo" resultó ser una buena película, en la que Bette pudo descargar sus frustraciones. Desafortunadamente, el público no la entendió y el filme fue un fracaso de taquilla, aunque el prestigio de Bette sí aumentó considerablemente gracias a su gran interpretación. Después llegarían "Barreras infranqueables" y "Dangerous" (Peligrosa). Estas no eran grandes películas, pero sí excelentes trabajos de la actriz, en los que llegaría a arriesgar su precario equilibrio psicológico para conseguir lo mejor de sí misma. Como resultado, a finales de 1935 se podía considerar que Bette era una estrella a nivel internacional.
"Barreras infraqueables" (1935)

La Warner le fabricó a Bette una imagen pública alegre y despreocupada, a años luz de lo que era en realidad su vida privada, con gravísimos problemas con su marido, su madre y su hermana. Ham continuaba mortificado por la humillación que suponía ganar diez veces menos que su esposa y el matrimonio iba de mal en peor.

Bette rodó "El bosque petrificado", una historia de gansters con Leslie Howard y Humphrey Bogart. Howard, recordémoslo, la odiaba, pero el prestigio de Bette era ya tal que no puso pegas a tenerla en la película. Fue un rodaje dificultoso, plagado de los problemas de salud de Bette que se irían repitiendo periódicamente y con constantes piques entre la actriz y el director. Sin embargo, el resultado final sería nuevamente estimable. Después, Bette empezaría a tener problemas con la Warner que acabarían con una guerra entre el estudio y la actriz que llenaría páginas y páginas de los periódicos de la época. Jack Warner y Hal Wallis, los directivos de la Warner la obligarían a actuar en "The man with the black hat" y "Cream princess", dos películas que Bette consideraba indignas y en las que intervino más que nada para hacer frente a sus cada vez más acuciantes problemas económicos. Sin embargo, en medio de aquella situación, Bette recibiría una enorme y grata sorpresa.

En 1935, Bette recibiría su primer Oscar por "Dangerous" (Peligrosa). La actriz no esperaba ni mucho menos esta distinción. Acudió a la gala casi por obligación y cuando el maestro de ceremonias anunció su nombre, casi no lo podía creer. A Bette, "Dangerous" no le gustaba especialmente (más bien todo lo contrario), pero pensó que el Oscar le daría fuerza para luchar contra los abusos a los que la sometía Jack Warner. Escribió una carta en la que le pedía más dinero, más vacaciones y más poder para elegir los guiones en los que tenía que colaborar. Además, también exigió elegir los programas radiofónicos en los que debía intervenir. Warner no aceptó ninguna de las condiciones de su estrella y esto abrió una batalla legal que llegaría a su punto álgido cuando la Warner suspendió a Bette de sus funciones y ella aceptó la propuesta de un productor polaco para rodar dos películas en Inglaterra.

Bette abandonó Hollywood vía Vancouver y, pese a que intentó ocultarse de los periodistas, al llegar a Canadá se vio rodeada de reporteros. Presionada por el ambiente, lanzó duras críticas contra la Warner y anunció que se iba a Europa para iniciar allí una nueva carrera. Esto no tenía fundamento legal alguno, pues Bette tenía firmado contrato en exclusiva con el estudio.

El viaje hasta Inglaterra sirvió para que las cosas entre Bette y Ham mejoraran ostensiblemente. Ambos llegaron a Inglaterra enamorados otra vez. Antes de empezar a rodar en el viejo continente, Bette debía solventar sus problemas legales con la Warner. El estudio había contratado a una prestigiosa firma de abogados británicos para impedirle rodar un solo plano. Ella ignoró el problema y, mientras esperaba, se dedicó a ver el país con Ham. De esta forma pudo darse cuenta de que en las islas británicas era todavía más querida que en los Estados Unidos. Su carácter educado y su inteligencia la hacían diferente de la mayoría de las estrellas de Hollywood que habían pasado por el país.

Los problemas empezaron a hacerse patentes cuando el dinero comenzó a escasear. La Warner la demandó y contrató a sir Patrick Hastings, un formidable, cruel e irónico abogado que se preparó para hacerla pedazos en el estrado. Para pagar su defensa, Bette tuvo que pedir un adelante a su productor. Contrató a uno de los mejores abogados ingleses, pero incomprensiblemente, este llevó su caso como un principiante.

Para colmo de males, Ham volvió a impacientarse y decidió marcharse a América y aceptar una oferta de trabajo. Bette le suplicó que se quedase, pero él no hizo caso y, encima, Bette debió pagarle el billete de vuelta. Cuando se celebró la vista, Hastings crucificó a Bette ante la atónita mirada de su abogado y con la complacencia del juez, a quien no le gustaban aquellos ejemplares de Hollywood. Bette tuvo que volver a Nueva York y trabajar otra vez para Jack Warner, que en un "generoso" gesto (no olvidemos que Bette era toda una estrella) le había perdonado.

Al volver a la Warner, el estudio la recibió con una película de bajo presupuesto pero ideal para ella. Se trataba de "The marked woman", historia de gansters basada en un asunto real en el que había estado implicado el famoso Lucky Luciano. Bette era una bailarina de mala reputación y su "querido" Bogart, su compañero en los títulos de crédito.

El rodaje, como siempre, fue problemático, pero Bette volvió a lograr un gran trabajo, con lo que consiguió un adelante de 14.000 dólares con los que pagar las deudas contraídas en Inglaterra.

El proyecto de "Jezabel" lo inició el estudió pensando en Bette como la protagonista idónea. "Esta historia de una zorra sureña sería ideal para Bette Davis", cuentan que le dijo uno de sus colaboradores a Jack Warner. Los problemas llegaron por vía de una vieja conocida: Miriam Hopkins. La actriz, todavía celosa de Bette, poseía los derechos de la novela y se negaba a venderlos si no era conla condición de ser ella la protagonista. No cedió hasta que le paragon 12.000 dólares y la engañaron asegurándole que ella sería la primera elección. Mientras esperaba a "Jezabel", Bette encadenó una serie de fatigosos rodajes. Nunca veía a Ham, quien trabajaba de noche, justo cuando ella dormía después de llegar muy tarde a casa. En este aspecto, Bette nunca estuvo tan bien tratada por su estudio como otras estrellas del orden de Katherine Hepburn o Greta Garbo en la RKO o la Metro. Su madre seguía gastando a manos llenas en coches, joyas y vestidos (y esto nunca le supo mal a Bette) y Bobby seguía internada, por todo lo cual seguí pagando facturas astronómicas.

Con Ham, las cosas habían llegado a su fase terminal. El hecho de estar siempre oscurecido por su esposa y el cambio en el carácter de Bette, de una dulce y sumisa jovencita a una mujer con el temperamento de una tormenta, fueron demasiado para el músico.

Finalmente, Bette consiguió unas vacaciones simulando que había padecido una insolación y no volvió a trabajar hasta que "Jezabel" estuvo por fin a punto.

Wyler entra en escena

"Jezabel" sería muy importante porque Bette conocería durante el rodaje a William Wyler, el primero de sus amantes. Se trataba de un director menudo, inagotable y perfeccionista que se encontraba entre los tres mejores de Hollywood. Bette quedó inmediatamente fascinada por él. Era todo lo contrario que Ham: ambicioso, inteligente y dominador. Ambos se enamoraron enseguida y a lo largo de la filmación iniciaron su tempestuoso romance. De Wyler, Bette aprendería a dominar su temperamento y a utilizar sus tensiones en beneficio de su trabajo.

El rodaje de "Jezabel" estuvo plagado de problemas. Las tensiones derivadas de su romance con Wyler y de la importancia que Bette sabía que tendría la película para su carrera, afectaron su débil salud con mil y un problemas. Para colmo de males, Henry Fonda, el protagonista masculino, tenía una prisa enorme por terminar el rodaje, pues su esposa estaba a punto de dar a luz un bebé que después sería Jane Fonda. En vez de avanzar deprisa, el rodaje se retrasó una y otra vez y Bette estuvo a punto de sufrir una crisis nerviosa en varias ocasiones.

Triunfo en el cine, crisis en su primer matrimonio

Bette y Ruthie llegaron a HollyWood el 13 dediciem­bre de 1930. Aquéllos eran unos días revueltos en la «fábri­ca de sueños» porque un nuvo invento estaba cambiando por completo la industria del cine: el sonoro. Con la irrupción de las «talkies» muchas estrellas del cine mudo habían sido barridas de la pantalla y sustituidas por actores desconocidos hasta la fe­cha.

Hollywood era un lugar domi­nado por el miedo. Miedo a ser demasiado joven o excesivamen­te viejo, de que tu voz fuese agu­da o grave, de que la próxima película que rodabas fuese un fracaso o de elegir un papel erró­neo. Pero, especialmente, miedo a que el sonoro fuese sólo una moda pasajera y todos los cam­bios resultaran inútiles. Sólo una emoción superaba el miedo: la esperanza. Un mozo de gasoline­ra o una chica de la limpieza po­dían convertirse en estrellas de cine de la noche a la mañana y cambiar una modesta casa en el valle por una suntuosa mansión en las colinas. Pero el surtidor y el trapo esperaban en la sombra.

Cuando bajaron del tren tras un agotador viaje de cinco días atravesando todo el país, sólo en­contraron a un fotógrafo. Bette y su madre debieron gastar sus úl­timos dólares en pagar un taxi que las llevara a un modesto ho­tel. La joven Bette pronto se de­sanimaría enormemente. Holly­wood era un lugar caluroso y pol­voriento, muy distinto al Nueva York al que estaba acostumbra­da. La gente era fría y hostil, y la trataba con enorme indiferencia. Allí, sus éxitos teatrales valían menos que una moneda de diez centavos.

Bette había sido contratada por la Universal, una productora especialmente afectada por la lle­gada del sonoro y dirigida por un incompetente llamado Jr. Laemmle. La Universal estaba por detrás de la suntuosa Metro, la eficaz Paramount o la nueva y emprendedora Warner y dudaba todavía si sería acertado olvidar­se de las películas mudas y dedi­carse por completo al sonoro.

El mayor problema para las Davis era la falta de dinero. Bette había sido contratada por 450 dólares semanales, pero aún tar­daría bastante tiempo en recibir su primer sueldo. Mientras tanto, Ruthie decidió que la única ma­nera de levantarle el ánimo a su hija era dejar el cochambroso ho­tel en el que estaban alojadas y buscar una casa. Encontró una que parecía perfecta, pero el al­quiler subía a 80 dólares. Enton­ces, Ruthie requirió la ayuda de Carl Milliken, un viejo amigo de la familia que le prestó 400 dólares. Para no preocupar a Bette, Ruthie escribió una carta simu­lando que era Harlow Morell Davis quien les había enviado el dinero.

Tiempos difíciles

Los primeros meses en Hollywood fueron agobiantes para Bette. Las pruebas de fotogenia y vestuario que le hacían le pa­recían estúpidas y las detestaba profundamente. Por suerte cono­ció a Reginald Denny, un actor secundario inglés que le aconse­jó y creyó en ella desde el primer momento. Denny le presentó también a Bridget Price, una pa­ciente y dulce mujer que años más tarde se convertiría en su in­sustituible secretaria personal.

En aquellos días difíciles, Bel­te echó mucho de menos a Ham Nelson. Le escribía a menudo, y en Una carta, él le anunció que viajaría a Los Ángeles próxima­mente para tocar con la banda de las Olimpiadas. Bette ansiaba casarse con Ham, pero su madre la retenía y le decía que todavía no era el momento.

Cuando ya empezaba a estar harta de Hollywood, Bette rodó su primera película, «Bad sister», en la que también trabajaba un juvenil Humphrey Bogart. Era una película mala y que, encima, tuvo un rodaje difícil porque los técnicos todavía no dominaban los problemas del sonoro. Había que hablar siempre de cara a un micro torpemente escondido y la cámara permanecía inmóvil en un habitación aislada. Desde el primer momento, Bette aborreció a Bogart, a quien siem­pre consideraría un hombre gro­sero, bebedor y tremendamente aburrido. Con todos estos proble­mas no es de extrañar que su actuación no resultara brillante en absoluto.

Pese a que Bette también de­testaba a Jr. Laemmle, éste le dio otra oportunidad y la puso en el reparto de «Semilla», un drama que resultó un completo fracaso en taquilla. La mala racha la cor­tó la esperada visita de Ham. Fueron unos días felices, pero cuando él se fue, Bette quedó muy abatida y eso afectó su trabajo en «Waterloo Bridge». Sin embargo, ésta sí era una buena película y su director, el excelen­te James Whale, supo sacarle nva interpretación en la que hacía aflorar toda su vulnerabilidad.

La Warner sí supo aprovecharla

Hacía más de un año que es­taba en Hollywood y Bette toda­vía no había conseguido nada destacable. LaUniversal comen­zaba a dejarla de lado y ella se convenció de que había llegado el momento de regresar para siempre a Nueva York. Enton­ces, la suerte que siempre la ha­bía acompañado volvió a funcio­nar y recibió una llamada de George Arliss, una respetadísima estrella de 1a Warner que le propuso ser su compañera en «La oculta providencia», un drama ambientado en Londres, en el que el talento de Bette podría brillar por fin.

La Warner era una compañía joven y emprendedora, que, tra­bajaba con presupuestos modes­tos y ajustados y cuyas películas, a diferencia de las lujosas pro­ducciones de la Metro, se centra­ban siempre en personajes de la ca1le. Aquélla era la productora en la que la que el tipo de interpretación sincera de Bette encajaba a la perfección.

Su trabajo en «La oculta pro­videncia» dio un importante em­pujón en su carrera y en 1932 rodó cinco películas. Ese año volvió a estar a punto de morir que­mada, cuando su automóvil se in­cendió delante de su casa. Bette forcejeó con la puerta, pero fue Bobby quien salió corriendo del edificio y pudo sacarla de aquel infierno, salvándole la vida. Su trabajo en los estudios propició su amistad con otra joven estre­lla, la rubia Jean Harlow, y con George Brent, un galán de origen irlandés del que Bette que­dó prendada. Brent, sin embar­go, no le hizo ningún caso.

Primera boda

El hecho de que Bette fuera todavía virgen comenzaba a ser perjudicial para su trabajo, puesto que muchas veces interpretaba personajes con una fuerte carga erótica. Ella y Ruthie se sentaron y discutieron el asunto. Ham era un hombre sano, ganaba un sueldo y tenía la edad adecuada. Era pues, un candidato aceptable. De esta forma tan romántica, Ruthie le eligió un marido a su hija. De esta forma tan ro­mántica, Ruthie le eligió un ma­rido a su hija.

Cuando Ham se le declaró, Btte aceptó tan rápidamente que le dejó pasmado. La boda no fue nada del otro mundo. Para no tener que esperar el tiempo que marcaban las leyes de Cali­fornia, Bette, su madre y su no­vio se montaron en un coche y viajaron bajo un sol de justicia hasta el Estado de Arizona. Al llegar a Yuma, Ham compró el anillo y se casaron en una mo­desta capilla.

Los problemas para el matrimonio no tardaron en llegar. Ham era un hombre blando y poco ambicioso, pero difícilmen­te podía soportar ser el marido anónimo de una esposa cada día más famosa. El trabajo de ambos apenas si les dejaba tiempo para verse y para él resultaba humi­llante que Bette prácticamente le mantuviera (ella pronto cobraría diez veces más que él).

Esta situación turbaba terrible­mente a Bette, pues para ella la familia era lo más importante. La vida social era su único consuelo y empezó a acudir a multitud de fiestas, sin Ham pero con una Ruthie que solía ir mucho mejor vestida que ella. A la madre, que siempre la había apoyado, le ha­ había llegado el momento de reco­ger los frutos y gastaba sin repa­ro cuanto dinero podía.

En medio de esta tensa situa­ción ocurrió algo todavía peor. Bobby, celosa del éxito de su her­mana, intentó ser también actriz. Sin embargo, no tenía talento y los estudios la rechazaron una y otra vez, Inestable y rozando la esquizofrenia, sufrió ,un colapso total y Ruthie tuvo que llevársela al Este para que la tratasen. En­cerrada en un centro, se pasaba los días gritando que su herma­na le había robado la oportuni­dad de hacer carrera.

La única película destacable, que rodó Bett en este período fue «20.000 años en Sing Sing». En ella trabajó junto a Spencer Tracey y de ahí_nació una amistad y admiración mutua que se man­tendría a lo largo de los años.

Pese a sus muchas diferencias, Bette y Ham se aferraban a su relación de forma casi desespera­da. Su progreso en el cine la hizo cambiar de carácter y se volvió más nerviosa, exagerada y dra­mática. Su prestigio aumentaba y consiguió que le permitieran ha­cer «Cautivos del deseo», en donde interpretó un papel que asustaba a todas las actrices de Hollywood y en el que debía apa­recer fea y desagradable. Era una película que deseaba hacer con toda su alma, pero entonces se quedó embarazada y decidió abandonar el proyecto. Sin, embargo, cuando lo comentó con Ham, él se asustó y le dijo que debía deshacerse del niño. Ham no quería hijos porque le aver­gonzaba no poder mantenerlos. Ruthie, quien temía perder su es­tatus recién adquirido, también le aconsejó abortar. Con el cora­zón roto, Bette hizo lo que le de­cían, pero ése fue el principio del fin de su relación con su esposo.

Del teatro al cine

La vida de Bette Davis cam­biaría para siempre una noche que su madre la llevó al teatro para ver la obra de Ibsen «El pato salvaje». Actuaban la gran actriz Blanche Yur­ka y una joven revelación llamada Peg Entwistle. La obra, que narraba la historia de una joven no deseada por sus padres, im­presionó muchísimo a la sensible Bette. La actuación de miss Entwistle (que años después se sui­cidaría arrojándose desde el ró­tulo de Hollywood por haber fra­casado en el mundo del cine) in­fluiría tanto en la joven que, al salir del teatro, ya había decidi­do que lo que más quería en este mundo era ser actriz.

Por aquel entonces también se produjo un insólito encuentro. Bette hizo una salida nocturna con un jovencito alto y desgarbado que respondía al nombre de Henry Fonda. Mientras que ella reconoce que se sintió inmedia­tamente atraída por él, Fonda jura que aquella muchacha de ojos grandes le dejó frío. Bette afirma que intentó besarla, mien­tras que él asegura todo lo con­trario. Lo cierto es que la pareja nunca volvió a salir y que todo el asunto nunca quedó claro. Años después, sin embargo, cuando ambos eran ya estrellas de Holly­wood, Bette hizo una afirmación sobre Fonda que puede resultar ilustrativa: «Henry es tan íntegro que, da asco», sentenció la actriz.

El primer hombre de su vida

En 1924, Bette conoció al que años más tarde se convertiría en su primer marido. Se llamaba Harrnon O'Nelson y estudiaba en la academia Cushing de Ash­bumham, como ella. Harmon era un joven débil y retraído, pero con un cuerpo alto y atlético y unos románticos ojos oscuros. En una escuela donde lo normal para un chico era dedicarse al deporte, Harmon soñaba con ser músico y dirigía la orquesta de la Universidad. Eso hacía de él un personaje peculiar, pero no precisamente impopular.

La primera vez que se vieron, Harmon le preguntó: «¿Quiere usted cantar en el coro, miss Davis?» Naturalmente, Bette aceptó y desde ese momento ambos se hicieron inseparables. La joven se enamoró de Harmon de tal modo, que una noche le confesó a su madre: «¡Tengo que conse­guirlo aunque sea lo último que , haga!» Lo cierto es que Harmon tenía demasiados sueños musicales como para ir en serio con una chica, y, aunque Bette intentaba forzar las situaciones, el tan an­siado primer beso no acababa nunca de llegar.

Con Harmon O'Nelson, su primer marido

Cuando la pareja dejó de ver­se, Bette decidió dedicarse en cuerpo y alma a su sueño de ser actriz. Animada por sus profesores y con el apoyo incondicional de Ruthie, la joven decidió viajar a Nueva York e intentar ingresar en la prestigiosa escuela de arte dramático de Eva Le Ga­lliene. Ésta era una profesora de gran dureza que aturdió a Bette con un mar de preguntas. Final­mente, después de hacerle una prueba en la que Bette no pudo resistir los nervios y se echó a reír, Eva Le Galliene le espetó: «Veo que su actitud hacia el tea­tro no es lo suficientemente since­ra como para que yo la tome en serio. Buenos días.» Terriblemen­te afectada por esta declaración, Bette regresó a Massachussets donde empezó a consumirse de rabia y pesar. Si no podía ser ac­triz, no quería ser nada en este mundo. Después de algunas se­manas en este estado, Ruthie de­cidió que las cosas no podían se­guir así. Había que volver a Nue­va York e intentar que su hija en­trara en otra escuela. Una maña­na, la madre entró en la habitación de Bette y, arrancándole las sábanas de la cama le gritó: «Levántate. Nos vamos a Nueva York»

Bette y su madre volvieron a la gran ciudad y esta vez consiguieron que ingresara en la es­cuela de Hugh Anderson, quizás no tan prestigioso como Eva Le Galliene pero sin duda un excelente profesor. Durante su estan­cia en la escuela de Anderson, Bette trabaría amistad con gen­tes que más tarde reencontraría en el mundo del cine, como Joan Blondell, César Romero o Luci­lle Ball. Por aquel entonces tenía 20 años. Anderson estaba tan en­tusiasmado con ella que le con­siguió una prueba en el teatro que dirigía George Cukor en Rochester.

Encuentro con Cukor

George Cukor, uno de los grandes directores de Hollywood, autor de películas tan célebres como «Historias de Filadelfia», «Luz de gas» o «Ha nacido una estrella», era por aquel entonces un regordete y vivaracho director teatral dispuesto a dar oportuni­dades a los. actores jóvenes. Cu­kor, que siempre tuvo fama de ser un gran director de actrices, quedó encantado con la prueba de Bette y la contrató rápida­mente hasta el final de aquella temporada y toda la siguiente. Bette debutó con un papel con el que también empezaría otra mítica actriz: Marlene Dietrich.

En la compañía de George Cukor

Cuando terminó la temporada, Bette fue engañada por un hombre que le dijo que era el geren­te de un teatro en Dennis, una ciudad cercana. Bette viajó hasta Dennis para descubrir que aquel tipo la había engatusado esperando aprovecharse de ella. En el teatro de Dennis sólo consiguió trabajo como acomodadora. La joven se consumía esperando una oportunidad y memorizaba los papeles de todas las obras mien­tras acompañaba a los espectado­res a sus localidades.

La tan ansiada oportunidad le llegaría de la mano de la vetera­na Laura Hope Crews -recordada por su papel de tía Pyttypat en «Lo que el viento se Ilevó»-. Laura Hope era la gerente del teatro y un día que necesitó a una muchacha para cantar una canción al piano, le ofreció el puesto a Bette. El problema era que no conocía la canción que debía cantar, así que su madre se pasó la noche corriendo de un lu­gar a otro para encontrar la par­titura y poder ensayar. Cuando ya estaba desesperada, la encon­tró en casa de un párroco y de esta forma Bette pudo estar lista al día siguiente.

Reencuentro con Harmon y primeros éxitos

Por aquel entonces, Bette vol­vió a encontrarse con Harmon y ambos reemprendieron su rela­ción, esta vez de forma más pro­funda.

La joven no tuvo demasiado tiempo para preocuparse. Pronto llegó la nueva temporada teatral y ella tuvo que volver a Roches­ter para cumplir contrato con la compañía de George Cukor. Allí, Bette trabajó al lado de Miriam Hopkins. Miriam pronto la odió porque se dio cuenta que aquella muchacha de ojos gran­des era la única qué podía hacer­le sombra en el escenario.

Pese a su buen resultado sobre las tablas, Bette no terminó la temporada con Cukor. En una compañía donde lo normal eran los líos amorosos entre sus componentes, Bette destacaba por su inflexible castidad (todo lo contrario que su rival, Miriam). Pronto se hizo impopular entre sus compañeros y, finalmente, fue despedida.

Sin embargo, su ascensión era ya imparable. Siguió trabajando regularmente y un día recibió una oferta que para ella fue muy especial. Blanche Yurka le propuso el papel que años antes había hecho Peg Entwistle en «El pato salvaje». Era todo un sueño que se hacía al fin realidad. Bette estuvo a punto de no poder aceptar porque justo entonces cogió el sarampión. La muchacha estaba desesperada, pero Blanche Yurka la tranquilizó con un simple «la esperaremos, miss Davis».

Bette estuvo magnífica en el papel de Hedvig y las críticas de todo el país la alabaron calurosa­mente. Pese a ello, el trabajo en el teatro empezó a escasear y en­tonces le llegó la oferta para ha­cer cine. Había que cruzar todo el país e irse a California. Acu­ciada por la falta de dinero, Bet­te aceptó no muy convencida y ella y Ruthie subieron a un tren que las llevaría a Hollywood donde la joven actriz tenía un contrato para trabajar en la Univer­sal Pictures.